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KUMU POHAKU (PIEDRAS COMO MAESTROS) September 28, 2018

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KUMU POHAKU (PIEDRAS COMO MAESTRAS):  

DESPERTAR A LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL DE LOS ECOSISTEMAS

Tina R. Fields, Ph.D.

Diego R. Viegas, Traductor

 

De ¿So What? Now What? The Anthropology of Consciousness Responds to a World In Crisis, edited by Matthew C. Bronson and Tina R. Fields, UK: Cambridge Scholars Press, 2009 pags. 317-359. 

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Versión original en inglés también disponible, ilustrada, en sitio web Indigenize, https://indigenize.wordpress.com/about/spiritual-ecopsychology/kumu-pohaku-stones-as-teachers/ 

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Traducción reimpresa en Antropología Transpersonal: Sociedad, cultura, realidad y conciencia. Diego R. Viegas, compilador y traductor. Argentina: Biblos, 2016.

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Resumen

El concepto indígena Hawaiano de que uno debe mantener un comportamiento adecuado hacia pohaku (las piedras) o arriesgarse a obtener una retribución personal, se explora en este capítulo mediante:

  • Análisis teórico del muestreo de las observaciones-participantes de las experiencias de un grupo de estudiantes, que vivieron un semestre en la Gran Isla
  • Entrevistas con los residentes locales
  • Investigación histórica sobre las perspectivas nativas hawaianas sobre pohaku.

Luego de escuchar las historias de los nativos indígenas, en conjunto con extraordinarias experiencias animistas, las relaciones de los estudiantes, los habitantes locales, y los turistas con la tierra – y su manifestación como Pele, la diosa del volcán- se volvieron más respetuosas, incorporando así un sentido más espiritual en la cotidianeidad, y un comportamiento ecológico más sustentable.

Así como la conciencia tiene una influencia sobre nuestro comportamiento, y nuestro comportamiento a su vez afecta obviamente a la tierra, simultáneamente la tierra misma puede influir, sutil, pero intensamente, en la conciencia humana. El fenómeno pohaku plantea inquietudes sobre la influencia de los relatos en las creencias y el comportamiento; sobre el potencial de entidades no humanas de servir como maestras para una adecuada relación con la ecología; y sobre cómo la tierra misma puede influir la conciencia humana. En conjunto, estas investigaciones pueden devenir en una transformación de las posturas relacionales, desde un actual paradigma de propiedad, a una perspectiva indígena de pertenencia. Este cambio de conciencia acarrea consigo fuertes implicaciones prácticas para nuestra supervivencia a largo plazo como especie.

Introducción

E Pele e Pele ka‘u ka‘u  i‘ana                         E Pele e Pele a‘o kuli pe‘e nui

E Pele e Pele hua‘ina hua‘ina                         Ha‘ina ka inoa no Pele la ea

E Pele e Pele ‘oni luna ‘oni luna                    Ea la ea la ea a i e

E Pele e Pele ‘oni lalo ‘oni lalo                      He Inoa no Pele.[1]

Este antiguo oli mele (canto sagrado), E Pele E, honra la fuerza que representa Pele e ilustra cómo la historia cultural y natural, en este caso la ciencia y la espiritualidad, están intrincadamente e inextricablemente entretejidas en Hawaii. Tradicionalmente cantada  con un ritmo rápido y tocada por una sola persona con un ipu (percusión tradicional hecha de calabaza), el canto describe a Pele, la diosa del volcán, en la extensa búsqueda de un hogar. Resumiendo: “Ella viajó, erupcionando,  moviéndose hacia arriba y hacia abajo, hasta encontrar un hogar apropiado en Halema’uma’u, en el cráter de Kilauea, en la Gran Isla de Hawaii”.

Esta canción es el equivalente a la que uno cantaría en una iglesia de los Estados Unidos, en honor a una parte de la historia de vida de la deidad. De manera interesante, también describe con precisión la trayectoria de la actividad volcánica que creó la cadena insular. Kilaueaes el volcán más joven en la cadena de islas hawaianas, y está activo aún en la actualidad. Si va allí, quizás sea tan afortunado de ser testigo de la creación de nuevas tierras, un escenario que causará un pavor reverencial hasta en el más empedernido de los viajeros.

En Hawaii, aunque algunas veces en oposición, en especial cuando surge la cuestión del uso de la tierra, los objetivos de “mito” y “ciencia” se complementan unos a otros de una manera bastante inusual en una sociedad post-industrial. Por ejemplo, los geólogos en el Parque Nacional de los Volcanes de Hawaii están buscando kupuna (antiguos) que conocen estos cantos, para aprender así sobre los eventos de los volcanes de la prehistoria (un claro ejemplo del concenso en la epistemología). Este conocimiento transmitido oralmente se ha mantenido con vida a través del arte, la religión y la genealogía, pero también contiene invaluables detalles sobre la historia natural. Nótese que no utilizo el término “genealogía” a la ligera. Como ha destacado el antiguo guardaparques Terri Reveira, “Pele no es considerada una abstracción”. Aparte de ser una deidad, Pele fue probablemente el nombre de uno de los primeros inmigrantes polinesios en las islas hawaianas. Algunos nativos reconocen sus linajes de sangre como provenientes directos de deidades como Pele, sin hacer diferencia alguna entre mujeres de carne y hueso y la diosa del volcán; y muchos otros hawaianos consideran ciertas entidades no humanas en el ambiente como sus ancestros espirituales inmediatos, sus aumakua(ver Kamakau 1866; Kane 1997). En todos los aspectos, esta isla está lejos de ser inanimada.

Historias como esta en la cultura, que describen relaciones entre humano y no humanos, acarrean conocimiento antiguo relevante aún hoy en día, y pueden servir también como puente entre investigaciones científicas contemporáneas y sensibilidades animísticas espirituales profundamente integradas. Este capítulo investiga la intersección entre la historia cultural y la relación ecológica. Describo una serie de interacciones entre cosmovisiones culturales dominantes, no animísticas, y aquellas nativas, animísticas, para luego demostrar cómo los encuentros experienciales entre dos paradigmas pueden catalizar la transformación sobre lo dominante, hacia un incremento en el respeto intercultural y en la conciencia ecológica.

Un estudio sobre un breve caso de transformación de la conciencia dado en mi propia clase sirve como el pilar principal de este capítulo. Aquí expongo a partir mi trabajo por tres años como profesor del “Audubon Expedition Institute” con base en “Lesley University”, en la Gran Isla de Hawaii. La segunda parte está basada en las investigaciones independientes llevadas a cabo simultáneamente con las clases. Consiste en entrevistas a nativos y otros hawaianos parcialmente estructuradas, investigaciones sobre las prácticas y creencias históricas de los nativos, participación y observación en algunas de éstas prácticas hoy en día, y observaciones sobre las interacciones entre mis grupos de estudiantes y las creencias y prácticas de la gente local. Finalmente, describo qué ocurre cuando estos dos paradigmas, la modernidad colonial y el animísmo indígena, se ponen en contacto uno con otro, y exploro las diversas consecuencias.

El fenómeno pohaku (piedra) que describo presenta cuatro cuestiones: la infuencia de los relatos en la creencia y el comportamiento, el potencial de las entidades no-humanas para servir como maestras para una correcta relación ecológica, la manera en que la tierra misma puede influir en la conciencia humana, y el sitio de la conciencia misma. En conjunto, estas cuestiones ofrecen un cambio en la postura en relación a la tierra, del paradigma actual de “propiedad” a una postura más “indígena” de pertenencia. Este cambio de conciencia acarrea con sí mismo una marcada consecuencia práctica para nuestra supervivencia a largo plazo como especie.

Un Semestre En Hawaii: La Historia De Jerry

He viajado a Moku o Hawaii (la Gran Isla) durante tres años para dar clases sobre estudios medioambientales y culturales para la “Lesley University’s Audubon Expedition Institute”. La Gran Isla es el lugar perfecto para enseñar estas materias, ya que allí pueden encontrarse la mayoría de los ecosistemas del mundo. Más aún, de muchas maneras esta isla está experimentando todos los problemas del planeta en su totalidad, aunque en una escala mucho menor, más observable. Debido a estas cualidades, Brian Johnson, mi compañero en la enseñanza y yo titulamos al trabajo de campo del semestre “Microcosmos en la Tierra: Una Interpretación de los Relatos Culturales y Medioambientales en Hawaii”.

El curso incluía ciertos aspectos de la cultura tradicional de Hawaii como rudimentos del lenguaje, técnicas de construcción pre coloniales, comidas, vestimentas, división de la tierra, espiritualidad, mitos, relatos, políticas, danzas, y canciones.

Así, aprendimos en Hawaii algunos kapu(tabúes o prohibiciones) contra ciertos comportamientos. Por ejemplo, las piedras de lava son consideradas las hijas de Pele, la diosa del volcán, y de manera similar, la arena es considerada como “piedras bebé”. Por lo tanto, se considera kapu(tabú, prohibido) llevarse arena o piedras de la isla. Quien lo hace se dice que cargará con mucha mala suerte, ya que este acto equivale a secuestrar a los hijos de Pele.

Una Perspectiva Cultural Limitada

Un año, entre nuestros estudiantes hubo un joven llamado Jerry. [4] Él era extremadamente atlético, pero no demasiado bueno academicamente. Tenía tan solo dieciseis años, el estudiante más joven en el programa, y también el más joven de diez niños en una familia Cristiana fundamentalista. Jerry estaba estancado en lo que la antropóloga Lisa Faithorn (1992, 23–7) llama una “perspectiva cultural”, en oposición a la perspectiva “intercultural o transcultural” que permite, e incluso disfruta, de mayor diversidad. La psicóloga cultural Janet LeValley caracteriza la perspectiva cultural como:

  • un enfoque exclusivo (“yo o vos”), caracterizado por el juicio y la represión de la diversidad, el etnocentrismo, la protección de los límites de uno, la expansión del territorio propio, con un énfasis conservador en el status quo. Un individuo que considera relevante solo su propia perspectiva está adoptando esta postura cultural.[5]

La perspectiva cultural de Jerry se tornó evidente cuando los estudiantes aprendían sobre las creencias de los nativos hawaianos y las antiguas historias mitológicas. El tema del trato respetuoso hacia la tierra aparecía repetidamente en estas historias, en especial en aquellas relacionadas con Pele. Se presume que Pele, la diosa del volcán, es una kapua (que cambia de apariencia), y aparece con muchos disfraces, incluyendo una joven hermosa, una anciana decrépita haciendo autostop al lado de la ruta, y como las llamas que salen del volcán en erupción. Su pelo puede encontrarse en el glacé que se forma en las calderas volcánicas, o en la lava conocida como pahoehoe.Los peregrinos hawaianos todavía le realizan ofrendas a Pele en el cráter de Halema’uma’u,la parte más calma del volcán activo Kilaueaen la Gran Isla, el cual es considerado como el hogar recientemente elegido por Pele (Kamakau 1866; Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos [USACE] 1980; mis propias observaciones de las ofrendas realizadas en la caldera Kilauea).

Entre todas las antiguas deidades de la Polinesia que acompañaron (o estuvieron entre) los primeros humanos en sus viajes en canoas a las islas de Hawaii hace dos mil años, Pele es la única a la que se la sigue adorando, tanto como diosa y ancestro. Como informa Marsuoka et al en su reporte del Cuerpo de Ingenieros del Ejército:

“El volcán de Kilauea, visto como la representación principal de Pele, es la fuente del poder espiritual para los adoradores de la misma…y ellos están obligados a proteger el volcán. Los hawaianos creen que toda la tierra está viva, en especial aquella que está caliente, que larga vapor, y que tiene magma debajo. (Departamento de Energía de los Estados Unidos [USDOE] 1996, 152)

Jerry, en repetidas ocasiones, repudiaba las ideas y creencias de los otros, afirmando que la única religión con la que él había crecido era la “real”, y todo lo demás eran tan solo relatos o creencias tristemente erróneas. Sin siquiera dudarlo, Jerry cometió deliberadamente numerosas violaciones contra la diosa del volcán. Recolectó arena colorida y piedras de lava de varias playas para llevarse a su casa. En una excursión a la caldera, abrió y leyó mensajes privados que habían sido dejados para Pele junto con ofrendas. Tiró rocas en el cráter Halema’uma’u, el asiento del hogar de Pele, solo para ver cuánto tardaban en romperse (en otras palabras, ¡le tiró piedras a la diosa!).

“Demasiadas Coincidencias”

En uno de los programas de estudio independiente “Días de Biblioteca” en el pueblo de Kailua-Kona,Jerry estaba estudiando e hizo algunas compras, y luego se dispuso a volver al lugar de encuentro del grupo previamente acordado. Para evitar caminar alrededor de un amplio estacionamiento cerrado que rodeaba el centro comercial, se paró encima de una pequeña pared y saltó al otro lado de la calle. La pared era una barrera visual para los autos, de tan solo 1 metro de alto. Y Jerro era un joven muy atlético. Aún así, de alguna manera, aterrizó mal, y su pie se quebró en dos literalmente. Durante una hora aproximadamente, nadie paró para ayudarlo, aunque estaba sentado en la vereda llorando a cielo abierto. Esto lo sorprendió considerablemente. Al tiempo lo encontró un maratonista en entrenamiento que pasaba corriendo, quien lo llevó a cuestas durante el kilómetro y medio que nos separaba.

Cuando llevamos a Jerry al hospital, el doctor dijo que debían operarlo de inmediato, y que incluso si todo iba bien, Jerry no iba a poder poner peso sobre ese pie por varias semanas, para evitar que quede inválido de por vida. El doctor dijo, moviendo la cabeza hacia los lados, que está era una fractura muy inusual:

“En realidad nunca había visto una así fuera de los libros de medicina. Uno ya no se fractura así. Es muy grave. De hecho no habíamos visto algo de esta clase desde las Guerras Napoleónicas, cuando los hombres, luego de caerse de sus caballos, eran arrastrados enganchados en los estribos”.

Debo mencionar que la calle en la que ocurrió el accidente se llamaba “Jerry Street” (“Calle Jerry”).

Obviamente, por su propia seguridad durante la recuperación, Jerry debía ser enviado a su hogar. Lo llevamos al aeropuerto y nos despedimos a las 7:30 p,m., ya que su avión salía al poco tiempo. Le deseé lo mejor y luego le pregunté por lo bajo “¿Has dejado la arena aquí?”. Él no respondió, lo cual tomé por un “no”. Su avión partió a horario, pero al poco tiempo de despegar, el piloto comenzó a ver misteriosas señales de mal funcionamiento. El avión tuvo que dar la vuelta y aterrizar, y luego de esperar varias horas a bordo mientras los mecánicos hacían el chequeo, ese vuelo fue cancelado finalmente. Los pasajeros fueron reubicados en otro avión. Cuando estaban alcanzando una altitud considerable, se descubrió que en este segundo avión no llegaba aire a la cabina. Tuvo que volver también. No se encontró ninguna causa para el desperfecto. Luego nos enteramos de que Jerry logró salir en un tercer avión a la 1:30 a.m.

Cuando los estudiantes oyeron sobre esto, comenzaron a murmurar cosas como “es inquietante…son demasiadas coincidencias”. Una tarde después de la cena, algunos estudiantes vinieron hacia donde estabamos los profesores y nos susurraron con urgencia “¿Podemos hablar con ustedes? Tenemos que hacer un pequeño “viaje” ¡Ahora!”. Nos enteramos de que un par de semanas antes, habían encontrado una pequeña botella de gin en la apertura de un pozo de azufre en la caldera de Kilauea, era una ofrenda para Pele, y tenían la idea de abrirla y beberla a forma de celebración por el fin del semestre. Aunque estaba casi completamente oscuro, los estudiantes exigieron volver a la caldera para dejar la botella exactamente donde la habían encontrado en el hogar de Pele, con las respectivas disculpas, por miedo a que el castigo caiga sobre sus cabezas como creían que había ocurrido con Jerry.

Es importante mencionar aquí que no es mi intención hacer una interpretación religiosa divisoria sobre la desafortunada experiencia de Jerry; por ejemplo, “miembro de otro sistema de creencia es castigado por el Verdadero Dios” (en este caso Pele). En cambio, esta historia ilustra las consecuencias que percibió un individuo que no mostró el respeto debido hacia la cultura y la tierra que estaba visitando.

La extraña secuencia de eventos de Jerry, en combinación con otras experiencias, creó un meme entre nuestro grupo que promovía el deseo de tener una buena relación con este lugar. Para este momento de devolver las ofrendas a la caldera, ellos habitaban en una cosmovisión animística, la cual exigía un comportamiento respetuoso hacia los espíritus naturales locales.

¿Qué Historia Es Verdad?

Varios días después, luego de una conferencia en el Observatorio Volcánico de Hawaii, aproveché la oportunidad para preguntarle al subdirector/científico Arnold T. Okamura sobre su opinión acerca de las piedras. Él confirmó el kapu(taboo) de mala suerte por sacar piedras o arena fuera de la isla, ¡pero luego continuó y dijo que la historia había sido inventada por los guardabosques para proteger las piedras del parque y que no sean llevadas como souvenirs!

Cuando los estudiantes lo oyeron decir eso, se afligieron un poco. “Oh. Así que es un invento”. De repente se encontraban rehabitando la tradicional cosmovisión dominante de la materia inerte, muerta, y sintiendo una gran decepción: era obvio.

Como educador, encontré fascinante la respuesta de los estudiantes a los comentarios de Okamura. ¿Por qué estaban dispuestos, de repente, a creer esta nueva historia en lugar de la otra? Después de considerar esta pregunta, admitieron que no sabían y agregaron que ahora se sentían más confundidos que nunca, un estado de conciencia con el que me gusta que los estudiantes forcejeen cuando tratan con complejidades. Quizás posea cierta credibilidad debido a la naturaleza mundana del específico relato, o el hecho de que Okamura sea un científico.

Aún así, fue gracioso y un poco aleccionador ver cómo los estudiantes comenzaron a creer en una narrativa que encajaba mejor con la cosmovisión con la que crecieron y a la cual consideran sus “realidades”, aunque esa explicación contradiga sus propias experiencias. Sus súbitas reacciones de cambio en relación a ésta secuencia de eventos nos muestra el marcado efecto que puede tener el relato cultural consensuado sobre las creencias personales y el comportamiento que resulta de ello.

Más tarde, estos estudiantes se reunirían con nativos. Como resultado de estos encuentros, muchos comenzarían nuevamente a considerar esta perspectiva animística que tenían antes. Esta vez la perspectiva se quedaría para influenciar sus actitudes y comportamientos hacia otra gente, otra especie, la dimensión espiritual de la vida, y la tierra durante el resto de nuestro tiempo juntos. Dado que en la educación universitaria las relaciones son a corto plazo, no puedo decir con exactitud con qué profundidad ocurrieron estos cambios de conciencia o cuánto duraron, pero puedo afimar que la cosmovisión de los estudiantes fue influenciada por esta serie de eventos, y que la educación fue más transformativa que lo normal. Los hawaianos tienen una palabra para los procesos que atravesamos en la concienia: kaona, o sea permitirse a uno ser tolerante con la ambigüedad y los cambios de significado por un tiempo para poder llegar a la verdad (Kape’ahiokalani, Benham, y Heck 1998).

 

Las Relaciones De Los Nativos Hawaianos Con Las Piedras

Ya que las islas hawaianas son completamente de origen volcánico, hechas de nuevas rocas que surgen del suelo oceánico, todas las familias que viven allí —ya sean aves, mamíferos, plantas o humanos— llegaron en primera instancia por aire o por agua. La cultura humana apareció con la primera ola de polinesios que llegaban en canoas a través del mar, hace unos 1500 años aproximadamente (Kane 1996). Imaginen meses de viaje en canoas apiñados a través del feroz Pacífico con cerdos, plantas, agua potable muy limitada, y solo historias sobre nuevas islas —por supuesto esta gente amaba la tierra y la consideraba una deidad dadora de vida.

En la época de los caciques, la tierra era dividida en parcelas llamadas ahupua’a, las cuales se disponían en formas de porciones de torta desde el pico de la montaña descendiendo hasta el mar. Cada ahupua’aera una unidad ecológica discretamente autosuficiente, que contenía todo tipo de recursos disponibles: franjas boscosas de la montaña con especies maderables y árboles del pan, valles altos con bananas y cocoteros, tierras pantanosas para cultivar taro, lagunas para la acuicultura en piscinas, y arrecifes de coral para la pesca salvaje. Cada sector de los ahupua’aconvergían en el punto más alto de la tierra; la silenciosa cima de la montaña, el centro del universo, wao akua(sagrado territorio de los dioses, prohibido para los humanos que vayan sin preparación especial para obtener permiso). El extremo exterior de esta porción, el océano, era común a todos, sin dueño. Los habitantes, como también los caciques a cargo del lugar, eran considerados fideicomisarios de los dioses, quienes eran los dueños verdaderos (Ritchie 1977).

Antes de que el colonialismo llegara aproximadamente en 1820, el concepto de la tierra como algo que podía venderse y comprarse era impensable. Para la mente indígena, hay diferencia entre tierras y lugares, siendo “diferentes expresiones de las relaciones subyacentes entre humanos y el mundo que los rodea” (DeLoria 1999, 251). En Hawai, la tierra eraʻāina—literalmente “aquello que nos sostiene”.[9] Con el cambio de la conciencia hacia “la tierra como posesión” también llegaron las estructuras institucionales que le daban valor a las ganancias y acarrearon la correspondiente devaluación del alma humana, en tanto de repente el valor de un hombre no se medía en relación a su maná personal (poder, fuerza, autoridad, fuerza vital o energía supernatural o espiritual) sino en relación con las propiedades que poseía (Kape’ahiokalani et al. 1998).

Para los nativos hawaianos, como para muchos otros nativos, la distinción entre “natural” y “supernatural” no es una cuestión de blanco y negro, o de categorías bien definidas, sino más bien de grados en una escala entrelazada de grises y fucsias. Ellos conciben el dualismo en otras áreas de sus creencias —hombre/mujer; pureza/contaminación; enfermedades del hombre blanco/enfermedades de los nativos (Howard 1974, pero no en esto. Como un pagano moderno lo diría, los velos entre los mundos allí son finos.)

Seres Vivientes En Relación

Las piedras siguen siendo consideradas por algunos kamaʻāina(nativos o viejos residentes) literalmente como las hijas de Pele (ver Kamakau 1866; Kane 1996). Y aunque todas las piedras son hijas de Pele, algunas son consideradas más animadas o avivadas que otras. Como Heighton notó, “un objeto puede ser natural con algunos elementos supernaturales presentes en él…pero el elemento supernatural solo es potencial hasta que algún evento extraordinario ocurra para activarlo” (citado de Howard 1974, 156).[10] ¿Cómo puede una piedra volverse animada? Una posibilidad puede ser que los espíritus formen parte de la piedra y nunca la abandonen. Otras piedras son estaciones de paso para los espíritus que las visitan de vez en cuando, por lo tanto son ocasionalmente (y probablemente impredeciblemente) animadas. Y se piensa que algunas son personas reales que fueron convertidas en rocas por seres supernaturales (Gutmanis 1991). Tales privilegios en ciertas piedras y sitios a causa de diferentes niveles de sacralidad percibidos ocurren en todo el mundo, como en culturas tan remotas como los Ojibwe(Harvey 2006) y los Celtas de la era precristiana (Fields 2004).

Cada piedra de las islas es, por supuesto, una piedra de lava, de origen volcánico. Las piedras tenían usos muy importantes en las primeras culturas nativas hawaianas.  Debido a su forma o el lugar donde fueron encontradas, se sabía que ciertas piedras poseían usos y cualidades particulares, tanto mundanas como espirituales. En el aspecto físico, por ejemplo, los guijarros erosionados por el agua fueron arrastrados desde la costa hasta las áreas de flujo a’apara crear rastros con llanos senderos transitables (Kirch 1985). Otras rocas eran utilizadas para hacer azuelas, cebos, juegos, lijas (Malo 1996) o una “silla de parto” para dar a luz (Pukui 1972, 179). En el aspecto espiritual, se utilizaban diferentes rocas como ofrendas, para la adivinación, fertilidad, sanación, o para proveer un sitio para saltar a la próxima vida (Gutmanis 1991; Pukui 1972), quizás como las lápidas modernas. Algunos campos de lava en las Grandes Islas tienen varios petroglifos tallados en ellos, como las piedras “piko”, círculos concéntricos que eran utilizados para sostener el cordón umbilical de los recién nacidos. Imitando de alguna manera a las construccionesDolmenen las Islas Británicas y a los Lingamsde Shiva en India, las altas piedras insertas en el paisaje en áreas propicias para la agricultura o la pesca sirven como la forma más simple de heiau(templo o santuario), tal y como fue evidenciado por los hallazgos arqueológicos de cerebros de coral, los cuales fueron dejados en su lugar como ofrendas. (Kirch 1985). Algunas suplantan a personas ausentes (Pukui 1972). Algunas piedras en particular eran, y aún son, buscadas, y utilizadas, en especial por bailarinas de Hula. Otras piedras eran para los pescadores —y algunas de estas, que se hicieron conocer primero en sueños, poseen la cualidad indicada de coquetería con sus hombres (Gutmanis 1991; Beamer, com. Pers. 2003).

Se decía que solo el guardián de determinada piedra podía manejarla. Una vez que era elegida, debía ser cuidada como un bebé: limpiada, alimentada y vestida (Gutmanis 1991).[11] Si otros sostenían la piedra sin desearlo, se tornaba caliente como el fuego.

En palabras de Heighton:

“Una piedra puede tener un poder potencial (mana), que permanece normalmente inactivo. El poder puede activarse y probablemente volverse peligroso cuando algo en este mundo causa algo en el otro mundo (cielo o espiritual) (lani) que motive a esa piedra a mostrar su mana… por eso un objeto como una piedra es potencialmente dañino. Un individuo, a través del uso cuidadoso de un conjunto de kapu(prohibiciones) y de rituales activos, puede ya sea utilizar ese poder, redirigirlo, o retornar el objeto a su estado original. El mana mismo puede ser bueno o malo dependiendo de las circunstancias. (según se cita en Howard 1974, 156)

Así como pueden parecer extrañas estas ideas para la mayoría de los norteamericanos contemporáneos, nosotros no estamos exentos de experimentarlas. De hecho yo he experimentado la estremecedora, inexplicable sensación de sentir una piedra en particular calentándose en mi mano hasta doler. Un nativo, experto en su cultura, la examinó, y nos explicó que era una “piedra de nacimiento” especial, proveniente de Kōloa, una región particular de la playa en Punalu’u,[12] y era utilizada por sus tías para la sanación. Para una persona como yo, proveniente de tierras continentales, ésta era una simple roca de lava como cualquier otra. Pero Momi Subiono reconoció esta roca, como un naturalista en su hogar reconocería una hierba o ave autóctona, pudiendo nombrar sus cualidades, hábitats, relaciones de ecosistemas, y usos. Mi búsqueda por comprender el misterioso, extraordinario fenómeno de la piedra que de forma repentina se torna caliente, y cómo responder a ello de forma más óptima, fue uno de los catalizadores de este estudio.

Es importante destacar que las descripciones previas sobre los usos particulares de las piedras por parte de los nativos no tratan sobre las cualidades individuales de las rocas, sino sobre las relaciones entre estas rocas y la gente, sus espíritus, sus moradas, y demás. La piedra y la persona se deben elegir mutuamente por un motivo en particular, sino podría resultar en problemas.

Otra vez, lo viejo se vuelve lo nuevo: pensamiento sistémico y cosmovisiones hawaianas

Éste énfasis puesto en las relaciones ilustra una cosmovisión radicalmente diferente de la que ha dado a conocer durante tantos años el método científico, el cual busca el conocimiento a través del examen de las partes individuales. Sin embargo, esta especie de postura indígena relacional hace eco en las ciencias ecológicas y en el nuevo énfasis puesto en el pensamiento sistémico.

Entre sus otros aspectos, los pensamientos sistémicos se enfocan no tanto en las partes propiamente dichas, sino más bien en el todo sinérgico y en el movimiento entre las partes, de lo cual se podría decir que surgen las cualidades y la existencia de cada parte en concreto (Capra 1996). De modo similar, los budistas reconocerían esto como pratītyasamutpāda o “co-surgimiento dependiente”, la idea de que todos los fenómenos (incluidos los seres) surgen juntos de una red mutuamente interdependiente de causa y efecto. Thich Nhat Hanh (1975) da un hermoso ejemplo de esto cuando describe cómo vio una nube al mirar una naranja. ¿Cómo puede ocurrir esto? Imposible, locuras.; pero es simple si se lo piensa sistemáticamente. La naranja no podría existir de no ser por el árbol en el que creció; y ese árbol existió porque brotó de una semilla debido a la danza entre la tierra, el sol, y el agua; y el agua llegó a la tierra en parte por la lluvia proveniente de las nubes; etcétera. Éstas son viejas visiones de la realidad basadas en la observación longitudinal de la naturaleza y, por lo tanto, no tan sorprendentemente, compartidas a lo largo del planeta. El lingüista Dan Moonhawk Alford (citado de DellaFlora 2000) notó que en gran parte de la América nativa, se habla de Dios como verbo. Entre los Lakota o los Cheyenne, Dios no es un “Gran Espíritu” como se lo/la retrata en muchas películas sino algo más parecido a un “Gran Misterio”, y los Cherokee lo/la invocan como “Thinks Breath Creates”. Para resumir, las perspectivas indígenas tienden a focalizarse muchos más en las relaciones dinámicas entre los seres y procesos que en los individuos estáticos involucrados en esas relaciones. (Incluso son menos propensos a ver a estos individuos como estáticos).

Tales lazos relacionales se extienden hasta los animales, las piedras, y a los procesos como también a otra gente. Los nativos hawaianos consideran que están literalmente relacionados a las entidades no humanas a través de aumakua, un espíritu de la familia, ancestral, divinizado, un ayudante, quien generalmente aparece con forma de una entidad viva, real, como un tiburón, un lagarto o un búho. También pueden tomar la forma de una piedra o una nube. Cadaaumakuade cada familia específica trae consigo un conjunto particular de principios, valores y estandartes (Meyer 2003, 46, 108). En la antigua historia hawaiana de la creación, Kumulipo, el primer hijo de Papay Wākea, la tierra cósmica y los seres celestiales que crearon todo, es la planta taroo kalo, y los humanos vinieron después. Por lo tanto, la gente le tiene a taroel respeto que uno le tendría a un hermano mayor; lo cual significa que no deberíamos, por ejemplo, maldecirnos o hacernos chistes crudos en la mesa en la que taro está siendo servida. Kane remarca que para ciertos hawaianos,

Parece no haber habido un término para lo sobrenatural, tal y como se lo utiliza en las religiones modernas. En su universo, todo (incluidos los Dioses) era natural y por lo tanto de la Naturaleza, un universo orgánico en el que cada cosa y cada persona tenía su lugar integral dentro del todo. El éxito se alcanzaba al vivir en reverente armonía con la Naturaleza, la falla estaría marcada por la rápida retribución de los Dioses. El concepto moderno de Naturaleza como objeto de conquista hubiese sido incomprensible para el pensamiento polinesio. En toda la Polinesia, la religión permeaba todos los aspectos de la vida, tanto que no había una palabra específica para ella. (Kane 1996, 22).

La relación de los nativos hawaianos con las piedras —hijas de una de sus deidades— es muy diferente de la actual norma Cartesiana/post-industrial dominante que ve a las piedras como simples e inertes, “materia muerta” y material para la construcción. Más aún, esta cosmovisión no es solo un anhelo melancólico sobre el pasado o incluso un mito (aunque es necesario para nosotros recordar el principio básico manifestado por Joseph Campbell [1972] y Coomaraswamy [1997], según el cual de alguna manera, en lo profundo, el mito viviente siempre es verdad)…es, en cambio, un lugar que viven actualmente, una relación percibida, y que podría entenderse mejor cuando se muestra a través de las historias.

“La Maldición De Pele”

¿Qué ocurre cuando alguien proveniente de la cultura dominante se encuentra con esta viva cosmovisión nativa, y más aún, la encuentra revalidada por el “comportamiento” anómalo de las piedras? Resulta que las experiencias descritas en el relato de Jerry son más que únicas.

Noté que había grandes pilas de piedra afuera, detrás de las oficinas del correo en Hilo y en Volcano, y detrás de ciertos hoteles. Luego de preguntar, aprendí que los empleados del correo y los recepcionistas hoteleros en la Gran Isla deben lidiar diariamente con paquetes grandes y pesados —paquetes con piedras de lava que los visitantes devolvían, esperando obtener nuevamente su suerte perdida. Había cartas que acompañaban estas piedras, describiendo cosas horribles que le habían ocurrido a los turistas y sus familias desde que habían abandonado la isla con rocas de lava en sus bolsos, y las posteriores plegarias a Pele para que los perdone por haber robado sus hijos y para que no los castigue más.

Los desastres personales que se le atribuyen a la “maldición de Pele” incluyen dolencias físicas como quebraduras de piernas o extraños sarpullidos, rachas de mala suerte, pérdidas materiales como robo de hogares, problemas laborales, mordeduras de animales, fracasos en emprendimientos comerciales, divorcios, e incluso múltiples muertes (ver Bricking 2003; Chalfant 2003; Kane 1996; Smith 2000; Ting 2001). Snopes.com (2007), un excelente sitio web dedicado a desacreditar leyendas urbanas, ha verificado la veracidad de este fenómeno. Las cartas llegan de todo el mundo, de personas con toda clase de creencias. Una típica opinión expresada en estas cartas es algo parecido a “no creo en estas cosas, pero parece que ocurren de todas formas”. Como mis estudiantes, quienes sentían que había “demasiadas coincidencias”.

Los guardaparques también están haciendo ejercicio a causa de las rocas. En 2001, la guardaparque del Parque Nacional de los Volcanes de Hawai, Norrie Judd, reportó haber recibido un promedio de cinco paquetes por día en los que se devolvían objetos de lava. Los paquetes incluían arena, corales, y objetos como joyas y figuras hechas con lava sólida, pero en su mayoría eran simplemente rocas de lava. Judd no cree que haya conexión alguna. “No hemos encontrado, en toda la historia, ninguna maldición escrita asociada a las rocas de lava”, dijo ella. Más aún, le resultan un fastidio las respuestas de los turistas a la tan divulgada historia. “Consume mucho tiempo tener que abrir las cajas y leer las cartas y poner las rocas de vuelta” (citado en Ting 2001, 113).

A pesar de la afirmación de Okamura de “originarse con los guardaparques”, la prohibición en la toma de rocas no es nueva. Las memorias de 1847 del misionero Hiram Bingham describen un encuentro con una “profetisa” furiosa. Se hacía llamar Pele, y reclamaba que los misioneros vuelvan a sus hogares debido a repetidas ofensas hacia la diosa del volcán—ofensas iguales a las que Jerry perpetuó, o sea llevarse trozos de vidrio volcánico (Kane 1996, 50).

 

La Maldición De Pele: Buscando En Lo Profundo

Me dio mucha curiosidad el fenómeno pohaku. ¿Cuán divulgadas están estas creencias? ¿Es “la maldición de Pele” meramente una historia propagandística para los turistas? ¿O acaso los nativos creen y la experimentan también? Durante los dos años conduje investigaciones históricas y también les pregunté, mediante entrevistas informales pero semi estructuradas,  sus opiniones a todas las personas que conocimos durante nuestros estudios en la Gran Isla. ¿Habían oído de éste fenómeno? De ser así, ¿qué pensaban que ocurría? ¿Tomarían ellos mismos una roca y la sacarían fuera de la isla? ¿Creían ellos en Pele? El siguiente segmento es una breve destilación de todas esas dudas y conversaciones.

Aparte de las introspecciones profundamente culturales que cada hablante brinda, el descubrimiento más interesante del estudio es que casi todas las personas con las que hablé que habían vivido en Hawai por más de dos años, sin importar su cosmovisión o religión u origen, declararon que no se llevarían rocas fuera de la isla. Aunque ésta actitud para con las rocas imita a la antigua adoración a Pele (y todavía la mayoría de los hawaianos tradicionales adoran a Pele), la incorporación de este comportamiento/creencia animista no implica necesariamente un cambio de religión. Como remarcó Matsouka et al. en su estudio de ingeniería sobre los flujos de lava, “hay un gran rango de personas, hawaianas o no, cristianas o no, quienes reconocen y respetan a Pele como deidad del volcán hawaiano” (USDOE 1996, 152). En cambio, me parece que ésta actitud evoluciona desde el contacto personal con el poder de esa isla en particular. Después de todo, Kilauea ha estado fluyendo continuamente desde 1983. Como Kane (1996, 6) remarcó irónicamente, “todavía tengo que escuchar a un hawaiano (o un geólogo), sugerir que es tiempo de tirar a Pele a los desechos de la superstición sinsentido”.

Antes de que los turistas modernos arriben en la isla, ya había anécdotas sobre misteriosos encuentros con las rocas. A principios del 1900, George Galbraith, un hombre blanco, extranjero, constructor de carreteras, tuvo un sueño en el que una piedra venía a él y se quejaba de que estaba puesto al revés de cómo quería estar. “Tienes mi cabeza hacia abajo y mis pies hacia arriba; por favor dame vuelta”, dijo la roca (Gutmanis 1991, 8–9). Cuando Galbraith despertó, reconoció la roca en su sueño como aquella que había movido ese mismo día al costado del camino. Dos hawaianos más ancianos que habían ayudado a moverla de vuelta le dijeron el nombre de la roca a su supervisor; era conocida por contener un espíritu legendario que debía ser cuidado.

Otro caso interesante involucra un canto rodado de gran tamaño, al cual los locales consideran un guardián de un paso de montaña. Se pensaba que si los peregrinos que ascendían le hacían una ofrenda a esta piedra antes de subir, estarían a salvo. Durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó a construirse un camino militar sobre éste paso. Los trabajadores movieron el canto rodado en cuestión al costado del camino solo para descubrir, al otro día al llegar al lugar de trabajo, que misteriosamente había vuelto a su lugar original. Finalmente, la compañía constructora (lejos de poseer algún tipo de inclinación mística) cambió sus planes y traslado el camino algunos metros. La razón que reportaron para tal decisión fue la de dejar la roca “donde quería estar”.

Para los turistas norteamericanos contemporáneos, el hecho de llevarse pohaku al hogar, con la subsecuente mala suerte parece atribuírsele a uno o a la combinación de los siguientes motivos: (1) culpa psicológica (tomé la roca, por lo tanto violé un tabú cultural; eso estuvo mal; merezco la mala suerte); (2) temeroso castigo por parte de la colérica deidad/la maldición de la isla (tomé la roca; eso estuvo mal; seguido de retribución divina/sobrenatural); y (3) refuerzo causal aleatorio que provee una explicación simple para la inexplicable mala suerte, de esta manera los problemas parecen fácilmente reparables (no soy un mal conductor o una esposa difícil; ¡mis varios accidentes viales y mi divorcio deben haber ocurrido a causa de esa roca!).

Pero como ya se dijo, para los encuestados que viven en Hawai y especialmente para aquellos que se identifican como kamaʻāina (nativos), el fenómeno pohaku es una cuestión de respeto, cortesía, y mantener la energía positiva en las relaciones de uno con el mundo no humano. Mis descubrimientos concuerdan con los mundos volitivos que Heighton diferenció en las creencias hawaianas:

El mundo viviente que imaginaron los hawaianos es una forma de animismo que parece determinar en gran medida cómo actúan o no los hawaianos… Se considera que cada parte de la naturaleza tiene una personalidad que opera bajo su propia voluntad y está relacionada de cierta forma con los seres humanos… En una ilustración de este mundo viviente, las rocas no deben ser movidas o utilizadas sin consultarles antes si así lo quieren (citado de Howard 1974, 156).

Esta actitud ilustra una relación mutua, recíproca de, y nos recuerda, las dimensiones espirituales de este ecosistema.

Cuatro Voces Nativas Contemporáneas

El “Capitán Kiko” Johnston-Kitazawa, operario de canoas de navegación, cree que las historias de mala suerte tienen que ver con una cuestión de culpa. Sabes que no debes tomar las rocas y sin embargo lo haces, por lo tanto te ocurrirán cosas malas atribuidas a ese acto malo o erróneo. “Después de todo”, remarca Kiko, “los geólogos las recogen todo el tiempo para investigaciones, ¡y sin embargo no les ocurre nada!” Dicho esto, también cree que uno debe preguntarle a la roca antes de tomarla.

Algunas preguntas podrían ser: “¿Dónde quieres estar?” o “¿Cuál es tu lugar? ¿La mesa de un café en Pensilvania, o aquí mismo?” Y luego, ésta es la parte más importante, escuchar la respuesta. También pregúntate a ti mismo, “¿Por qué quiero tomarla?”.

Las preguntas de Kiko son iguales a los descubrimientos antropológicos que sugieren que para los hawaianos, el mundo viviente está empapado en animación y agentividad. En sus estudios de 1970 sobre las estrategias comunitarias en Hawai, Heighton descubrió que incluso “llevar una piedra de la playa a casa sin su consentimiento puede ocasionar problemas en la familia de dicha persona” (citado de Howard 1974, 156).

La vida de Danny “Kaniela” Akaka es una interesante mezcla cultural. Viajero polinesio y también hijo de un senador, su carrera como historiador cultural en el hotel de alta gama “Mauna Lani” incluye el componente éticamente complicado de ofrecer oraciones para calmar los espíritus locales antes de abrir camino a las masas de turistas. El hotel recibe cajas llenas de piedra acompañadas con cartas todas las semanas, las cuales pasan por sus manos. Akaka dice sobre el rapto de piedras,

Es una cuestión del espíritu. Los hawaianos creen que los espíritus están en todas las cosas: hay 400.000 espíritus en esta isla, cada uno con su propia canción, ofrendas y personalidad. A algunas rocas les interesa que se las mueva; a otras no. Es como si alguien te levantara y te llevara a su hogar para usarte como tope para su puerta, te surgirían ciertos sentimientos. Y con el tiempo, tratarías de comunicar estos sentimientos, como puedas, quizás con una creciente frustración. Algunas de las cartas provienen de gente que estuvo aquí hace años, y continúan con racha de mala suerte. Por último, un amigo preguntó, ¿te llevaste algo cuando estuviste en la Gran Isla? Y luego les da piel de gallina, y saben.

Danny “Kaniela” Akaka

Al recordar las palabras de Kiko, le pregunté a Kaniela, “¿Esto está restringido solo a las piedras de lava? ¿Qué hay del mármol de carrara en este hotel, y otras piedras tomadas alrededor del mundo?” Pensó sobre esto, y dijo que los hawaianos usan mucho estas piedras también; la diferencia radica en pedir permiso con anticipación, y escuchar con atención la respuesta, la cual viene en forma de sentimiento, no en palabras generalmente. “Por ejemplo, si tienes un sentimiento incómodo, la respuesta es “no”, y debes honrar esa decisión. Si te sientes en calma, probablemente no haya problemas”. Kiko y Akaka actúan como embajadores espirituales, enseñan a los visitantes a escuchar la tierra.

Winona Kapuailohiamanonokalani Desha Beamer (más conocida como “Tía Nona”) es una Kupuna (anciana respetada) y Kumu Hula(maestra/fuente/patrón hula de los modos y las conexiones ancestrales) con una larga trayectoria familiar en la educación a través del canto ancestral y el baile hula. A pesar de haber sido degradado por el comercio turista, el hula es en esencia una profunda práctica espiritual nativa, originalmente utilizada para mostrar devoción. La tía Nona está feliz de ver que “la forma de ver al hula como hookie dookie hoola hauestá cambiando; estamos recuperando lo sagrado”. De acuerdo a Nona, los cuerpos y trajes visualmente hermosos secundan a la danza; lo que importa es transmitir sentimientos a través del relato. Hay diferentes cantos dedicados a diferentes partes de la isla. Si vas a estos lugares encontrarás petroglifos; éstos son grabados hechos en las rocas para las curas. Ella dice que la verdadera práctica del hula es completamente abarcativa, cambia por completo la vida del practicante de tal manera que crea una conexión más profunda con sus ancestros, la tierra, lo divino, y el ser más elevado de quien danza. “En los relatos no alentamos al genio; sino al buen vecino. El corazón, aloha”. Más aún, la danza hula está íntimamente conectada con los espíritus de la naturaleza.

No solo es cuestión de ir y comprar un leiy decorarse para la danza; debes ir donde crecen las plantas. Más aún, no las escoges al azar. Esperas al momento adecuado de la luna, de los vientos, y ofreces el canto apropiado.

Cuando le pregunté a Tía Nona qué pensaba sobre la controversial actitud de tomar rocas, firmemente me respondió que tomarlas es básicamente una falta de respeto:

¡La cortesía y el sentido común te dicen que no debes tomar propiedades ajenas! ¡No tomas cosas que no te pertenecen del patio de otro! Toda la fuerza de todos los espíritus ha descendido a través de los años… ¡No estamos solos, sabes! Tenemos un gran linaje de refuerzo detrás de nosotros. Toda la gente que vivó antes está parada aquí, ahora.

¿Cree ella en Pele? “Oh si, absolutamente. Porque somos gente de la Gran Isla, Pele es nuestra fundadora. Siempre vamos a bailar al volcán”.

Kia Fronda es un cultivador de taro, veterano de Vietnam, educador nativo de los niños hawaianos, y cantante que una vez actuó con el legítimamente aclamado grupo de Hilo hula “Halau o Kekuhi”.  Mientras con mis estudiantes ayudábamos en la plantación de taro, la cual también había sido trabajada por su abuelo, Kia nos describe la esencia de un concepto de reciprocidad hermoso e importante. Con sus brazos estirados desde las axilas hasta la punta de sus dedos, colocó la palma de sus manos apuntando a la tierra y nos exhortó a

Siempre traer ofrendas antes de elegir—eso es “elegir”, no “tomar”, ya que no existe tal palabra en el lenguaje hawaiano.

La gente moderna no piensa frecuentemente en ofrecer, sino llevar, llevar y llevar. Es una cuestión de energía negativa. Llevarse algo con uno es energía negativa; traerlo es energía positiva. No “bueno o malo”, sino negativo y positivo.

Volteó sus palmas hacia arriba para demostrar elección o aceptación, como en la comida. “De esa manera se preserva el balance. Si elegimos algo para comer, dígale por qué. Esa es su función, servir como alimento”. Le pregunté si podía ser la “función” la razón por la cual los geólogos no se meten en problemas cuando se llevan una roca, y los turistas si—porque las piedras no deben estar en un cajón; allí, ¿no cumple ninguna función? Kia dijo: “Si”, luego continuó:

Por lo tanto los hawaianos siempre traen ofrendas antes de elegir. En el hula, por ejemplo, necesitamos plantas para vestir y para otros propósitos (para la fabricación de los tambores ipu), pero siempre ofrecemos algo antes, para mantener el balance”.

Reflejo

La idea de ofrecer algo de antemano para mantener el balance tiene mucho sentido. Si lo aplicamos, por ejemplo al cultivo alimentario, si el suelo no recibe ofrendas para volver a nutrirse, las cosechas serán cada vez más débiles. Mejor poner antes el compost para fertilizar la tierra, luego las semillas, luego la energía del amor traducida en forma de desmalezamiento, extracción de bichos, y cosas por el estilo; y recién luego, después de todo eso, el granjero elige las plantas para cosechar y comer.

En el caso de las rocas, la mentalidad corriente del turista de “es hora de jugar en el paraíso: ¡puedo hacer lo que quiero!”, ha devenido en una gran destrucción del medio ambiente y en inequidad económica. Al entrar en contacto con “la maldición de Pele”, las piedras esencialmente están enseñando a muchos a recordar la importancia de la funcionalidad. Para llevar esta lección aún más lejos, ¿qué ocurriría si los visitantes (turistas y también antropólogos) repensaran sobre el impacto que tiene cada visita? Por consiguiente, ¿que ocurriría si, antes o al momento de llegar, se realizan las ofrendas apropiadas para el bienestar del lugar y de la gente, de la cual los visitantes aceptarán tales maravillosas experiencias? Los turistas podrían ofrecer dinero, trabajo, tiempo, regalos espirituales, un oído realmente dispuesto a escuchar, o compromiso con algún proyecto de la comunidad. ¿Cuán diferente sería entonces la calidad de la bienvenida? ¿De qué manera cambiarían las relaciones?

El cultivo básico de taro provee hojas jóvenes comestibles y una raíz almidonada conocida como cormo. Luego de cortar en fetas la mayoría del cormo para comer, el taro de humedal se propagó al replantarse una sección de cormo de entre 5 y 7 cm acoplada a un sector de unos 30 cm de hulio ha, tallo verde. Existe la increíble posibilidad de que algunos de los taros que plantaron mis estudiantes en los campos de Kia sean exactamente las mismas plantas traídas en las embarcaciones polinesias originales. No los arbolitos o hijos de estas plantas sino las mismas plantas, cortadas y regeneradas una y otra vez.

Imaginen una sola planta alimentando a generaciones de personas. Imaginen comer de la misma planta de la que comieron sus ancestros. Y más aún, la historia de la creación con la que crecieron dice que dentro del esquema cósmico de las cosas, esta planta de la que vives cerca y con la que trabajas es literalmente tu hermano mayor. Teniendo en cuenta esto, una persona puede comenzar a entender lo que significa realmente pertenecer a un lugar.

Los Efectos de la Historia Cultural

¿Por qué son importantes tales historias? Innumerables filósofos han notado variaciones en la idea de que “con nuestros pensamientos creamos el mundo; por lo tanto vigila adecuadamente”. Decir que “las mujeres son malas para las matemáticas” ha llevado a muchas niñas a creer eso y que así sea. Si se filtra al inconciente, una historia negativa puede limitar en gran medida la realidad de uno, actuando como la kriptonita con Superman: estar cerca de ella disminuye dramáticamente los poderes de quien la escucha. Por otra parte, como Freud reconoció tiempo atrás, una historia positiva puede suplantar una negativa, liberando de esa forma a quien la cuenta. La imaginería en los relatos puede ser empleada deliberadamente para ayudar a sanar a los pacientes con enfermedades físicas severas (ver, por ejemplo, Achterberg 1985). Muchas de las acciones en el mundo de hoy son guiadas por un relato de kriptonita heredado, como ya se ha debatido. Pero la Maldición de Pele y otras contienen poderes ocultos para reconectar a aquellos que las vivencian con la fuente de la vida. Habitar una narrativa como esta, aunque sea brevemente, ayuda a la gente a entrar en un mundo que parece más vivo, volitivo, y recíprocamente receptivo. Tales respuestas pueden encontrarse en muchos de los kamaʻāina (nativos y residentes antiguos) cuando se les preguntó sus opiniones sobre la Maldición de Pele y la relación con las rocas.

¿Por qué tiene importancia la historia cultural? Porque las cosmovisiones informan al pensamiento, que a su vez crea acciones, las cuales de manera colectiva crean estructuras en las que vivimos. Resumiendo, las historias que contamos determinan nuestra realidad.

El Relato de la Modernidad

Las historias que involucran a las personas en relación con la tierra abundan como motivo, y pueden ser leídas con cierta predisposición a destilar de ellas una sabiduría colectiva. Al examinar los viejos cuentos de hadas europeos y americanos como ejemplos de lecciones morales/culturales, es importante destacar que ninguno de ellos nos enseña que el protagonista puede hacer lo que quiera, salirse con la suya, sin consecuencia alguna. Sin embargo ese es el relato dominante operando actualmente en el campo global, y nos muestra no solo una base ética cuestionable, sino también una gran ignorancia con respecto a las formas de operar de los sistemas ecológicos de la Tierra.

Este relato dominante actual se llama “modernidad post colonial”. Hay muchos supuestos implícitos en la historia de la modernidad. Por nombrar unos pocos: primero, esta historia supone que los miembros de nuestra especie están (y pueden estar) a cargo; que los humanos tienen la capacidad de comprender y controlar grandes sistemas vivos aunque estemos enredados en ellos. En segundo lugar, está la suposición de que la materia es inerte, muerta. En tercer lugar, la historia asume que cada persona es autónoma, individual e independiente. En cuarto lugar está la suposición de que nuestras estructuras (como el PNB) deben estar en continuo crecimiento para progresar, y ese continuo progreso es deseable: la ideología no de un sistema sustentable, sino de la célula cancerígena. Por lo tanto, si observamos a fondo el relato hegemónico dominante, se vuelve obvio el descaro irrisorio, e incluso peligroso, inherente en su postura. La idea de que los humanos controlen efectivamente la vasta, compleja matriz de los sistemas y seres vivientes de la Tierra es semejante a pensar que los árboles controlen Internet. Esta complejidad está simplemente más allá de la capacidad de los humanos de – incluso- comenzar a comprender, mucho menos controlar, y el intento ha devenido en problemas.

Una vez, Buckminster Fuller se quejó de que la Tierra venía sin un buen manual operativo. Sin embargo, al día de hoy hay muchas instrucciones que han superado las barreras del tiempo, y éstas aparecen frecuentemente en forma de relatos de los nativos. La creciente sociedad industrial ha pasado por alto la historia antigua. La gran diferencia es esta: la modernidad ofrece “materias primas” y “productos” donde una vez hubo ancestros en toda clase de cuerpos. En el relato actual el mundo no está vivo.

El estado de salud actual de nuestro planeta atestigua cuán pobre es el aporte del relato de la modernidad para con la supervivencia humana. Sin embargo su desenlace está llegando. Si esta trayectoria de consumismo, explosión demográfica y tecnología continúa, pronto excederemos la capacidad regenerativa del planeta. De acuerdo a Global Footprint Network(2008), la raza humana está utilizando los recursos del planeta con un exceso del 23%; en otras palabras, habremos utilizado nuestros suministros anuales para finales de septiembre. Si todas las personas en el planeta vivieran como ciudadanos estadounidenses, se estima que se necesitarían cinco planetas Tierra solamente para proveer las materias primas. Esto obviamente no puede ocurrir; necesitamos una nueva historia.

Los relatos de la gente indígena han funcionado por miles de años, señalando en su mayoría varias formas de sustentabilidad y armonía. Para aquellos que viven inmersos en la ideología no-animista del Norte global industrializado, tiene sentido observar los relatos indígenas sobre la tierra como modelos para crear o recuperar sus propios relatos. La siguiente sección describe algunos efectos visibles de tales historias.

Revalorización del Conocimiento Indígena

El trabajo que realiza Kia con los jóvenes hawaianos, traerlos a su tierra y enseñarles los viejos métodos de cultivo del taro, tejidos leihala, y demás, es parte de una ola mayor de movimientos en Hawai que apuntan hacia la revitalización cultural. La revalorización de su conocimiento indígena comenzó realmente en 1975 con la construcción de Hokule’a, la canoa de navegación polinesia, quel era tripulada y se remaba desde las tierras nativas ancestrales cerca de Tahití, imitando de esta manera sus viajes originales hacia estas islas. Previo a esto, los nativos eran vistos en gran parte como ciudadanos de segunda clase, desplazados por los robos de sus tierras y su lenguaje, primero por parte de los misioneros y luego por el gobierno de los Estados Unidos (dado a conocer formalmente mediante la Ley Pública estadounidense 103-150, 1993). Aún hay muchos hawaianos “desamparados” viviendo en las playas. El analfabetismo, la pobreza y las enfermedades todavía se dan mayoritariamente entre los nativos que entre los inmigrantes, al igual que en otras áreas colonizadas. Los nativos hawaianos poseen los indicadores más bajos en materia socio-económica y de salud en relación con cualquier grupo étnico en Hawai (Polynesian Voyaging Society, 2008). Como es común encontrar en la gente que fue colonizada, la baja autoestima y la opresión internalizada continúan siendo de una gran magnitud.

Pero hay un giro colectivo entre los hawaianos que se manifiesta hacia una apreciación, y también orgullo, hacia su herencia cultural. Miles han partido en los navíos Hokule’a, para así aprender a leer los diferentes matices del viento y las aguas, tal y como hicieron sus ancestros. El renacer del surf, el Hula, y las travesías polinesias por los mares significa que los jóvenes hawaianos están apreciando la belleza y el valor de sus propias tradiciones, y que miles de personas alrededor del mundo son testigos de una relación amorosa íntima por parte de los nativos con la divinidad de la Tierra. Las escuelas Kamehamehaofrecen una excelente educación gratuita para los niños nativos. Facciones del Movimiento por la Soberanía buscan restaurar la apropiación y/o el gobierno de las islas por parte de los hawaianos. Prosperan las artes nativas y las tecnologías de origen vegetal, que vuelven a ser respetadas.

Los nativos hawaianos han utilizado su propio relato cultural para desafiar a la modernidad y su serie de implementaciones en diferentes casos: por ejemplo, el planeamiento y desarrollo de la planta geotérmica en Mauna Kea. Estos ejemplos demuestran cómo la cosmovisión nativa ecológica y espiritual provee la base para una narrativa poderosa a modo de resistencia. Los nativos no han prevalecido hasta el momento, pero han proveído de motivación política que está ganando fuerza y se transforme quizás algún día en la fuerza dominante. Después de todo, el hulacasi se extingue hace un tiempo, y sin embargo actualmente prospera y es incluso celebrado a nivel mundial a través del festival “Merrie Monarch” — como dijo Tía Nona, “tenemos un gran linaje de apoyo detrás nuestro”. Esta es una clásica historia de revitalización cultural.

Los no nativos han tomado conciencia recientemente de un estilo animístico nativo que se preocupa por los mundos más allá del humano, lo cual provee la posibilidad de una transformación similar, ofreciendo de esta manera un posible desenlace para la modernidad postcolonial. Vine DeLoria remarcó la necesidad de introducir estas introspecciones nativas en las políticas actuales:

No hay progreso real que pueda hacerse en la ley medioambiental a menos que algunas percepciones sobre lo sagrado de la tierra provenientes de las religiones tribales tradicionales se vuelvan parte de la actitud corriente de la sociedad en su mayoría (1999, 213).

Hay una tendencia creciente en el respeto entre facciones que tradicionalmente han tenido diferentes puntos de vista sobre un mismo fenómeno. La idea de que hay una grieta irreparable entre la ciencia y la cosmovisión espiritual, predominante entre los eruditos, está cambiando en Hawai. Los científicos en el Parque Nacional de Volcanes de Hawai están pidiendo ayuda a los kupuna(ancianos) para interpretar los antiguos oli mele(cantos sagrados), que podrían contener indicios sobre la historia geológica de las islas. Por ejemplo, uno de los cantos menciona “nueve capas de la Tierra”, lo cual resulta que existe. Para la ciencia era desconocida esta información, que sin embargo era resguardada desde hace mucho en esta forma de arte espiritual. Los geólogos más experimentados del Parque Nacional de Volcanes de Hawai no creen que sea absurdo buscar en estas fuentes inusuales de conocimiento; de hecho, se consideran afortunados por tenerlas a disposición y disfrutan de la oportunidad de trabajar en colaboración con los ancianos locales. Y los hawaianos, a quienes se les ha denigrado su cultura por tanto tiempo, se benefician al ver que las viejas tradiciones contienen un valor inestimable, incluso para la actual cultura dominante haole.

Fomentando El Comportamiento Y La Conciencia Ecológica

La creencia en las rocas es esperable de una kumu hulacomo Nona Beamer. Lo que es más sorprendente, es que la gente común, también puede verse llevada -sin intención alguna -cuando se la pone en contacto con las cosmovisiones indígenas a través de los relatos y la experiencia, hacia una relación profundamente espiritual con el mundo que trasciende lo humano.

Incluso los científicos y los guardaparques en la Gran Isla se están alejando del materialismo puro que preocupa a Pele. He entrevistado a Ted Eriksson, un joven y robusto guardaparques del Parque Nacional de Volcanes de Hawai cuya herencia vikinga era más que aparente. Comenzó diciendo inequívocamente que los cuentos sobre el peligro que se corre al tomar rocas es solo un mito utilizado para los folletos de viaje. Luego dijo, a modo de reflexión, que él no lo haría, por si acaso. Y para el final de nuestra conversación, dejó al descubierto una cosmovisión completamente diferente. “Creo en Pele”, comenzó, “pero no creo que sea un Dios”. Con respecto a las rocas, contestó, “¿Crees que le importará, o pensará sobre eso, si llevas una roca a Pensilvania? No es una cuestión de culpa. Para los hawaianos, no es una cuestión de miedo, sino de respeto. Pele puede crear y también destruir”. Le pregunté, “¿Cuál es tu opinión personal?”. Eriksson alzó sus cejas. “Vivo en una cabaña aproximadamente a unos 365 metros de la caldera. En esa situación, debes tener respeto o quizás no sobrevivas”. Hizo una pausa, y luego agregó, “esto puede sonar extraño, pero siento que la tierra me dio la bienvenida…por los amigos que tengo; por cómo las cosas funcionaron cuando volví a la isla…” “Y si”, asintió, “creo en Pele. Ella tiene un poder enorme”. Me miró con una expresión irónica, y luego sacudió su cabeza y dijo riendo, “no debería estar contándote lo que pienso porque estoy con el uniforme puesto, pero lo hice”.

Como he dicho anteriormente, sin importar su raza o creencia, tanto los locales como los visitantes a quienes he entrevistado declararon que ellos nunca tomarían personalmente rocas o arena de la isla; más aún, que cada uno de ellos sentían respeto hacia Pele de alguna manera, ya sea como Diosa, ancestro, o lava derretida. Las creencias de Eriksson cambiaron a medida que se intensificaba con el tiempo su exposición a este lugar, esta tierra viva. El cambio se dio hacia una conexión emocional más profunda; una conexión del corazón. Resulta interesante haber oído a algunos hawaianos nativos comentar que si el mundo fuese hecho un mapa con forma de cuerpo humano, Hawai sería su aloha,su corazón. ¿Puede ser que la tierra misma le estaba enseñando a Eriksson a relacionarse de otra forma?

Podemos observar este cambio de conciencia comenzando con los turistas casuales. Luego de las malas experiencias en conjunción con la toma de posesión de las rocas, es importante remarcar cuán seguido las cartas de los turistas hacen eco a las palabras de Fronda. Vale recordar que para estas personas el animismo no es un pensamiento de todos los días ni un estilo de vida. Son personas que han heredado una cosmovisión de la “materia muerta”. Sin embargo ha ocurrido un cambio hacia una nueva postura de respeto por lo animista e incluso la re-sacralización del mundo natural físico, encarnado—una cosmovisión más próxima a aquella que mantienen muchos indígenas:

Espero que al devolverlas (las rocas) Pele se apacigüe, al igual que cualquier otro espíritu hawaiano que haya ofendido, y espero que ella/ellos se decidan y me perdonen por mis acciones negligentes, rudas e irrespetuosas al visitar sus hermosas islas. –Jeb, Burke, VA (Volcano Gallery 2002).

Algo importante para remarcar en estos tiempos de crisis ecológica: esta actitud respetuosa de los indígenas no es solo interna, sino que se espera que devenga en un conjunto de comportamientos equilibrados y que promuevan la vida. Los hawaianos llaman a esta actitud pono, un término complejo que engloba bondad, bienestar, pureza, integridad, perfección, éxito, procedimiento adecuado, y la noción de excelencia personal y profesional (Meyer 2003). Ponoes traducido frecuentemente al inglés, para bien o para mal, como “righteousness”(rectitud), ya que la actitud ponocon un comportamiento adecuado fomenta “la armonía entre personas, y entre personas y las fuerzas psíquicas de la naturaleza y de lo sobrenatural” (Pukui 1972, citado de Meyer 2003, 109). La reciprocidad, ho’oponopono, era vista como esencial para la supervivencia; y es fundamental para la reciprocidad que las relaciones sean efectivas con todos los seres (Meyer 2003). La conmovedora carta de arriba nos muestra un sentimiento de su autor, no tanto de culpa o miedo por el castigo divino, sino como el de un niño que recibe una lección sobre como tratar de forma adecuada a los demás. El devolver las rocas—y mejor aún, no tomarlas deliberadamente en primera instancia—son actitudes pono. Y este ciudadano continental las ha aprendido.

La cosmovisión nativa está siendo potenciada deliberadamente para que volvamos a entablar relaciones apropiadamente, por ejemplo, con los arrecifes de coral. El acuario de Waikiki patrocinó una conferencia en 2003 titulada “Papa y Wākea”, en honor a los dioses creadores nativos del cielo y de la tierra, la cual incluía una tarde sobre limu(algas marinas). En lugar de hablar simplemente de la historia natural, dos profesores debatieron “la importancia de fomentar la comprensión y la reconexión con nuestros corales hoy en día, a medida que incorporamos nuestras ricas historias culturales con la administración moderna de los recursos” (Abbott y Hunter 2003). Desde un punto de vista animista, encuentro esto algo radical. En esencia, el acuario está invitando a la gente, permitiendo que los relatos espirituales nativos se mezclen con las visiones administrativas futuras, supuestamente con la intención de alinear esas decisiones ecológicas administrativas con pono.

Los estudiantes del Instituto Empresarial de los Estados Unidos (“AEI” por sus siglas en inglés), inmigrantes en Hawai como Eriksson, y los recalcitrantes turistas, quienes se adueñan de las rocas, son ejemplos del tipo de cambio de conciencia que tiene lugar cuando la gente corriente con mentes y corazones abiertos entran en contacto con paisajes que todavía son habitados por viejos relatos. Pero vale aclarar que estas historias, aunque poderosas, no son el núcleo de esta transformación. Sirven meramente como vehículo para ponernos en sintonía con la mejor maestra: la Tierra misma.

 

La Tierra Como Influencia En La Conciencia

La prevalencia de la experiencia Pohaku, las historias en común sobre su origen y sanación, y los cambios subsecuentes relacionados al comportamiento y las cosmovisiones, en conjunto traen a colación un planteo filosófico de enorme importancia: ¿puede la tierra enseñar a los humanos -a través de los relatos culturales-  a mantener una relación de respeto adecuada con ella?

La Materia Muerta Y La Pérdida De Gracia Espiritual

Los turistas como Jeb y mis estudiantes son ejemplos del importante cambio en una cosmovisión a causa de una experiencia anómala. Y como se ha demostrado en la sección anterior, tal cambio en la conciencia acarrea la probabilidad de un cambio concomitante en comportamientos futuros. Por lo tanto, ofrece una vía para abordar los aspectos problemáticos de la cosmovisión dominante actual.

Entre mi grupo de estudiantes, la extraña secuencia de eventos y sus discusiones sobre ellos crearon un memeanimista que promovía un profundo deseo de entablar una relación ponocon este lugar. Pero antes de que se consolide esta nueva conciencia ecológica, los estudiantes, en la historia de Jerry, tuvieron una regresión temporaria hacia la cosmovisión actual dominante, que fue catalizada por haber oído los dichos de Okamura sobre “la apropiación de las rocas, y su origen en los guardaparques”. Este cambio de conciencia trae consigo enormes ramificaciones en cuanto al comportamiento medioambiental. Piense en esto: si la historia de la ·Maldición de Pele” fue de hecho inventada recientemente por los guardaparques y guías turísticos, entonces resulta irrelevante cómo tratemos a las rocas. De repente, se percibe a la tierra como menos viva, menos participante, ya no más fundida con lo divino. Solo los humanos poseen conciencia y voluntad; por lo tanto, solo importan los humanos. De esta manera, el potencial de los humanos de entablar una relación comprometida, espiritual con el mundo y con todos los demás seres vivos dismunuye considerablemente.

Muchos líderes puertas afuera, incluyéndome, quienes han trabajado con grupos en lugares salvajes durante cualquier período de tiempo han sido testigos de los efectos psicológicos derivados de la alienación de la naturaleza. Tales sentimientos como desconexión, depresión, miedo, torpeza, entumecimiento, tensión, hastío, ausencia de sueños y creatividad, y un sentimiento de soledad en un mundo frío (ver, por ejemplo, Greenway 1995) pueden ser identificados en gran medida a través de la sanación que conlleva el regreso a entablar una profunda relación con el mundo viviente y con el propio lado silvestre.

A través de la aventura de Jerry con las rocas, mi grupo de estudiantes continentales incursionaron brevemente en un mundo animista, lleno de actividad y misterio, y dejar ese mundo fue para ellos como caer en desgracia.

Si lo pensamos, tiene  sentido. Durante la mayor parte del tiempo como especie habitante de este planeta, los humanos hemos mantenido una perspectiva animista; alguien que cree y actúa como si “todo lo que hay, está vivo”, según remarcó un chamán Chukchi una vez (Cloutier 1980, 35-6). Una observación del campo emergente de la eco psicología: actuar como si el mundo estuviera muerto puede llevarnos a comportamientos autodestructivos y de desesperación. Quizás la “caída en desgracia” original fue en verdad una caída ascendente, lejos del reconocimiento del mundo físico inmanente como divino, y ahora la búsqueda de Dios tomará lugar aquí. La “eco-filósofa” budista Joanna Macy explica la importancia de reclamar para estos tiempos una perspectiva animista:

Luego de milenios de asignar lo sagrado a una dimensión trascendente alejada de la vida cotidiana, el mundo a nuestro alrededor comienza a morir y a perder su luminosidad y significado. La Tierra es reducida a una tienda de abastecimiento de recursos materiales y una cloaca para nuestros desechos. Y en ese mundo, carente de lo sagrado, todo ocurre de la siguiente manera: comprar, vender, ¡consumir lo más que puedas! Lo que es tan hermoso de estar vivo en este momento es que el péndulo está comenzando a balancearse hacia el otro lado. Estamos recuperando la proyección. Estamos recuperando lo sagrado para nuestras vidas. El columpio se mueve de la trascendencia hacia la inmanencia. La decisión más vital de nuestra era sería hacer nuevamente inmanente lo sagrado. (Macy 2000)

Ceremonias Con Rocas Para El Regreso A Casa

Actualmente se está intentando darle un aspecto más ceremonial a la devolución de las rocas a Pele. Uno imagina que esta tendencia continuará, ya que los empresarios están sacando provecho con el regreso de pohaku. Por ejemplo, un empresario ciudadano de Volcano, un pueblo de la gran isla, ha comenzado a ofrecer un servicio de “devolución de rocas”, quizás para disminuir la enorme pila de rocas de lava que se ha estado formando detrás del centro de visitantes en el Parque Nacional de Volcanes de Hawai. Por una donación de 15 u$s, “Rainbow Moon” le preparará una ceremonia en la que se envuelve a la roca en hojas de Ti (tradicionales para las ofrendas), y luego se la devolverá a Pele con un regalo de orquídeas para pedirle perdón. “Moon” también fotografiará la roca y la publicará, junto a la historia que hizo que el visitante la devuelva, en su página web (Galería Volcano, 2002). De forma similar, el complejo turístico “Outrigger Wikoloa Beach” ha creado el “jardín de sanación” para caprichosas reuniones con piedras junto a Pele:

Una vez al mes, Kaunas(sacerdotes descendientes de antiguos sacerdotes hawaianos) realizan la Hoaka Ho’omalu, una ceremonia en la cual se pide permiso al jardín para que éste se convierta en un lugar de descanso para las rocas. Cantan para que sane la persona que tomó la roca, la tierra de la cual fue tomada, y para que el “niño” roca se reúna con su madre Pele. El staff del complejo “Outrigger” envía una carta a cada penitente haciéndole saber que las rocas fueron respetuosamente devueltas. (Chalfant 2003).

Aunque estas ceremonias son expresamente realizadas por motivos económicos, su popularidad demuestra un fuerte deseo de “resacralización”. Invocan la sanación para cualquier damnificado— rocas, tierra, y personas por igual. Este es un cambio animista interesante sobre el trabajo de la justicia restaurativa.

El Aspecto Práctico De La Adoración A La Diosa: Sustentabilidad Cultural Y Económica

Las historias culturales que promueven o expanden la conciencia ecológica demuestran ser eminentemente prácticas, como también pueden acarrear cambios en el comportamiento que promueven la sustentabilidad a largo plazo.

Por ejemplo, el respeto hacia Pele como la diosa del volcán lleva frecuentemente a prácticas religiosas como la ofrenda. Es interesante que estas prácticas pono, hechas “correctamente”, no solo lleven a la gente a una comunión espiritual con lo divino sino que también sirven para fortalecer la salud de la comunidad ecosistémica y la probabilidad de supervivencia en el futuro.

Un ejemplo de esto sería el ‘Olelo No’eau, una colección de proverbios o credos hawaianos para el buen vivir. Las bayas rojas ‘oheloson sagradas para Pele. El ‘Olelo No’eaunúmero 2044 dice lo siguiente: “Mai hahaki ‘oe i ka ‘ohelo o punia i ka na noe”, que se traduce como “no arranques ninguna baya ‘oheloa menos que estés rodeado por lluvia, niebla y te hayas perdido”. Matsuoka et al. interpreta esto como “una advertencia para no hacer nada que resulte en problemas, ya que se considera kapu(prohibido) arrancar bayas ‘ohelocamino al cráter Kilauea. Sin embargo, sí se permite tomar estas bayas en el cráter si la primer ‘oheloes arrojada dentro de la fosa de Pele. (USDOE 1996, 246-7)”

La directora educacional etnobotánica y artesana nativa Momi Subiono ofreció una espléndida observación al decir que estas “supersticiones” tienen el efecto más que real de crear un ambiente saludable. No es solo la primera baya ‘ohelola que se le ofrece a la diosa del volcán, sino la más grande y la mejor. Como consecuencia, estas excelentísimas bayas son las más probables de propagarse, resultando en nuevos arbustos, asegurando así arbustos fuertes llenos de gloriosas y gordas bayas alrededor de la caldera.

A fin de cuentas, esto significa que los detalles de los adoradores indígenas de Pele que parecen al azar o insignificantes se traducen como mantenimiento práctico y a largo plazo de la salud, fuerza y sustentabilidad ecológica. Como preguntaría Michael Pollan (2001), ¿de todas formas, quién está a cargo aquí? Quizás las bayas ohelo, bajo el disfraz de Pele, nos están utilizando como método de óptima propagación.

El educador medioambiental David Orr (1992, 9) dijo que “la literalidad ecológica debería cambiar no solo nuestra forma de hablar, sino también nuestra forma de vivir”. Esto se refiere generalmente al conocimiento práctico de la historia natural de las plantas, aves, y otros residentes locales. Pero los ejemplos mencionados anteriormente nos muestran cómo las historias, en combinación con el conocimiento de la historia natural, ayudan a inspirar ese cambio.

Las historias de Pele fomentan no solo las relaciones medioambientales saludables, sino también relaciones más enriquecedoras entre personas de la comunidad. Pele es conocida por aparecer bajo varios disfraces; por lo tanto, si ves a una mujer pidiendo un aventón en el camino, algunos nativos dicen que es conveniente ofrecerse a llevarla sino uno se arriesga a que su ira se manifieste más tarde como magma ardiente, que emergerá cubriendo todo tu pueblo (Kane 1996). Con estas enseñanzas, la adoración a Pele ayuda a crear una comunidad más generosa y amable.

La Adoración A Pele Y El Activismo Medioambiental

La adoración a “Madame Pele” (USACE 1980) también puede llevar a un comportamiento totalmente perjudicial para el medioambiente. El siguiente extracto del Reporte de Flujo de Lava perteneciente al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos (1979) propone que los ciudadanos son reticentes a una maniobra espiritual invasiva debido a sus creencias espirituales:

Existen respuestas conductuales sociales o culturales predecibles asociadas a la actividad volcánica en Hawai. Éstas incluyen frecuentemente súplicas a lo sobrenatural, principalmente Pele, la diosa del volcán…Durante la reciente erupción volcánica colada de lava en Kalapana, al sur de Puna en 1977, hubo oposición local generalizada a cualquier forma de lucha aérea contra el fuego por parte del ejército para determinar los efectos sobre el flujo de la lava. La magnitud de la oposición llevó finalmente a que el alcalde del condado de Hawai y el gobernador del estado pidieran informalmente a las autoridades federales que paren con la experimentación. (Sección 6.12, “Comportamiento Social”).

La historia hawaiana contemporánea está repleta de enfrentamientos a causa de los diferentes sistemas de creencias, especialmente entre las posturas culturales indígenas y la tendencia modernista de pensar que todo, incluidas las otras especies, está aquí para nuestro provecho. Por ejemplo, Mauna Kea, el volcán más extenso y antiguo de la isla, es sitio de terribles conflictos. Los astrónomos lo reconocen como uno de los mejores sitios para la observación, pero muchos nativos hawaianos entienden la presencia de tantos telescopios con sus edificios acompañantes y caminos de fácil acceso como profanadores de un lugar sagrado.

Lo que deberíamos hacer es preservar la integridad de la montaña. La montaña es sagrada. Es Wākea (el Creador Dios del cielo). No es “Mount Joe”. No es “Mount Kilroy”. Es Mauna a Wākea. (Kanahele 1999).

El activista Pualani Kanahele describe la pena que causan los observatorios a los hawaianos nativos:

A veces tendemos a abusar de las cosas que tenemos…Es nuestra culpa que estén allí. Ya que cuando estaban siendo construidos, no dijimos nada. Y así, con nuestra pena, nos fuimos sabiendo que se lo considera “hewa”, que se supone que no debería estar allí. (Kanahele 1999).

La imagen debajo muestra las dos cosmovisiones en diálogo. La pequeña estructura al lado de los observatorios es un heiau(templo), supuestamente construido para honrar y apaciguar el espíritu de la montaña.

Quizás a fin de cuentas el objetivo de los dos grupos es el mismo, estar en contacto con un gran misterio, sin embargo las maneras de abordar dicho objetivo muestra una gran diferencia. Los protocolos para el trabajo de la tierra en las sociedades tradicionales difieren en gran medida del actual modelo capitalista estadounidense de uso racional cuando se trata de áreas consideradas sagradas.

Los valores tradicionales hawaianos de conservación reconocen que: a) a no todos se les está permitido entrar en áreas boscosas llamadas wao akua(“dominio de los Dioses”); b) solo están permitidos entrar a estas áreas aquellos especialistas que conocen el protocolo religioso; y C) de recolectarse cualquier tipo de recurso debe devolverse, ya sea a la tierra misma o al océano. (Tummons 1997).

El proyecto Geotérmico de Puna, un plan ideado descaradamente por muchos defensores del medio ambiente como un método relativamente limpio para obtener energía eléctrica de la isla, fue inicialmente puesto en espera luego de que los fondos de Defensa Legal del Club Sierra presentara una denuncia contra el Estado de Hawai (Forests.org, 1991). Una de las razones fue la opinión de los nativos hawaianos, quienes sentían que detener el flujo de energía de Pele es equivalente a reprimir su propia expresión. Muchos nativos sentían que la ausencia de la libertad física de la Diosa mataría su cultura literalmente (USDOE 1996). Este caso fue llevado hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos, la cual decretó que “el desarrollo geotérmico no interfiere con la libertad religiosa” (Boyd, Thomas, y Gill 2002, 18). Sin embargo, el proyecto en la selva Wao Kelefue abandonado finalmente, y hoy en día, otros proyectos de energía geotérmica paga un cánon a los nativos hawaianos (Empresa “Puna Geothermal” 2008).

Concientes o no de ello, estos manifestantes tomaban en cuenta el proverbio ‘Olelo No’eau 2100:“Maka’u ka hana hewa I ka uka o Puna (las maldades son temidas en las mesetas de Puna, ya que atraen la ira de Pele)” (USDOE 1996, 247). Al aplicar este proverbio al fenómeno de la maldición pohakupodemos entender que, mientras que llevar una roca de un lugar a otro es algo insignificante en sí mismo, su ayudante kapunos enseña a tener respeto por la tierra— si ubicamos esta historia en el núcleo más vital que podamos imaginar.

Estas historias no son meramente entretenimiento o pintorescos códigos históricos: tienen un mensaje escondido extremadamente importante. Así como mele (canto sagrado) sobre el viaje de Pele contiene la historia sobre la isla volcánica (haciéndola literalmente una historia de la creación a dos voces), este proverbio ‘olelo, junto con las advertencias para el comportamiento en relación a las bayas oheloy a pohaku(rocas), contiene la historia futura de nuestra supervivencia. Estas historias tienen un mensaje: si las personas no tienen la relación correcta con la tierra (en este caso, personificada en Pele), vendrán grandes problemas. Es una declaración simple y verdadera. Como Friedrich Engels (1883, 289—90) declaró tan mordazmente, mucho antes del calentamiento global y las persistentes toxinas, “en la naturaleza, nada ocurre aisladamente…no nos halaguemos demasiado por nuestra conquista humana sobre la naturaleza. Ya que cada conquista toma revancha sobre nosotros.” ¿Cuán radicalmente se transformarían nuestras vidas si todos nosotros, especialmente nuestros gobiernos, siguiésemos este precepto relacional y actuásemos acorde a él?

Genius Loci

Cada cultura crea sus propios relatos, y estos relatos influyen recíprocamente la trayectoria de cada cultura. Las creencias en Pele descriptas anteriormente muestran cómo los relatos culturales pueden afectar los patrones de comportamiento colectivos, los cuales a su vez afectan los comportamientos individuales (ya sea a voluntad o en contra de ella). Pero todavía falta algo, el punto inicial de origen: cómo el lugar, la tierra en la que vivimos, crea, afecta, y/o influencia a la cultura.

El lugar tiene un efecto en los seres que habitan en él. Para dar un ejemplo simple, los osos polares son blancos. Los osos no son blancos en ningún otro lugar; lo que los hizo adaptarse y ser de esa manera fue haberse movilizado hasta el Polo Norte y vivir en la nieve. En otras palabras, el Genius Loci de esa tierra fomenta la blancura—el lugar los alteró a ellos y a sus hijos de muchas maneras, una de ellas es físicamente visible. Los humanos también son criaturas arraigadas en la matriz de la tierra, del aire, el agua, el alimento, los patrones climáticos y demás; y la psicología medioambiental muestra cómo este complejo sistema no solo crea y permite nuestra continua existencia física, sino que también afecta nuestro estado emocional, la forma en que pensamos: nuestra conciencia. De hecho, a tal punto, el ecosistema, en conjunto con el relato, crea la conciencia humana.

La orientación de la gente que vive en las islas difiere de la de aquellos que viven en grandes continentes. Al ser los límites de la isla evidentemente finitos, la vida allí está circundada por montañas y mares; no hay un nuevo territorio fronterizo al cual trasladarse fácilmente. Estos factores crean un estado de conciencia que Ritchie (1977, 188) llama “mente isleña”. Las encuestas de Callicott (1994) sobre la ética medioambiental indígena muestra que no existe, por supuesto, tal cosa como la “perspectiva indígena”. Aún cuando comparte similitudes al enfatizar alguna manera de relacionarse correctamente con el mundo más allá del humano, la ética ecológica indígena viene en muchos diferentes sabores. Este es el motivo por el cual es más que interesante observar cómo una ética específica a la cultura hawaiana indígena, sin importar el ‘āina, comenzó a manifestarse en los extranjeros que residían allí momentáneamente, a pesar del hecho de que sus sistemas de creencias culturales con los cuales habían crecido eran muy diferentes.

Por lo tanto emerge la pregunta: ¿es posible que esta ética haya sido creada o enseñada por la tierra misma? ¿Puede ser que este estado particular de conciencia o actitud sea un retoño evolutivo de ese lugar en particular, al igual que la envoltura blanca de los osos polares se manifestó debido a las condiciones únicas del extremo Norte? Me pregunto si es posible que la alteración de la conciencia, que con el tiempo fue  ocurriendo en la gente de Hawai en relación a pohaku,sea un ejemplo del accionar de GENIUS LOCI, o espíritu del lugar.

De ser así, las ramificaciones son cruciales para el debate. Ya que si la isla entera es percibida como un sistema conciente, vivo— una postura filosófica que puede sonar poco realista para alguien criado en una sociedad crecientemente industrializada, pero que es común para nuestra especie durante la mayor parte de su existencia en este planeta— la relación de la humanidad con la tierra cambiaría radicalmente.

Animismo para el Siglo 21.

Transformación Recíproca

La cultura consumista crecientemente industrial en combinación con una cosmovisión mecanicista nos ha llevado a percibir al mundo sobrehumano en términos meramente utilitaristas. A la mayoría de los norteamericanos contemporáneos se les ha enseñado a percibir la materia como muerta, la espiritualidad como viable solo en reinos trascendentes lejos de la Tierra y el cuerpo, y la conciencia como algo que emerge con el tiempo solo en los llamados seres “superiores”. Esta cosmovisión nos lleva a pensar que está bien por lo tanto tomar lo que queramos, especialmente si conlleva beneficio económico.

Por otro lado, la reverencia por la tierra—ʻāina—prevalece todavía en Hawai, al igual que en muchos lugares habitados por nativos. Imaginen lo que debe haber sido ser un viajero polinesio original: cuán milagroso debe parecer el avistaje de tierra luego de tantos precarios meses, apretados en una canoa con tus vecinos y el ganado, siendo navegados por las estrellas a través de las infinitas aguas saladas del Pacífico, remando a través de salvajes olas tormentosas y un ardiente sol; navegando literalmente acompañados del viento, sus conocimientos ancestrales y una plegaria en dirección a pequeñas islas, que esperas que estén allí, simplemente porque los relatos antiguos así lo dicen. ¿Cuáles son las posibilidades de encontrar tierra firme, y de encontrarla antes de verse severamente limitados de agua potable y alimento? Cuando por fin divisaste el volcán en el horizonte para luego poner un pie en su suelo sólido, fértil, ¿cuán precioso sería para ti? ¿Olvidarías alguna vez ese sentimiento? Luego imagina a tu gente viviendo por generaciones con la vista de la abrasante lava descendiendo al ras del suelo del volcán, creando nuevas tierras justo delante de tus ojos, o a veces devorando pueblos enteros. Con esta historia en progreso, en combinación con la conciencia de los límites de los isleños, no cabe duda de que todavía perdura en Hawai la reverencia hacia esta fuerza, la tierra y sus cambiantes formas originales de lava y roca.

Con esto en mente, ahora deseo especular. ¿Es posible que la tierra “sepa” y “sienta” ese respeto de la gente, y por lo tanto está de alguna manera más abierta a la reciprocidad? Para explicarme: a las corporaciones se les ha otorgado “personería” tal como indica actualmente la ley, y sería aleccionador remarcar que Bakan (2004) diagnosticó su personalidad colectiva como sociopática. Si la teoría de Gaia (Lovelock 1979) es correcta, y como ejercicio mental ahora atribuyo una “personería” similar a la Tierra (como muchos indígenas hacen), este planeta puede ser visto como un gran ser femenino, con los humanos como componentes en la red holónica de sus órganos y células. Siguiendo con esta metáfora, si a Gaia/Tierra se la trata como a un preciado amigo en lugar de un simple depósito y cloaca (Macy 2000) para satisfacer las necesidades materiales de la gente, la relación sería más fluida, más equilibrada.

La experiencia ha demostrado que una vez que se establece la confianza en cualquier relación humana o humano-animal, cada parte se siente más segura y libre de revelar capas más profundas de su alma a la otra. En analogía, ¿y si amar abiertamente a la Tierra (o cualquier componente no humano de ella) pudiera “acelerar el paso” de su conciencia, siendo más probable que “hablase” con las personas de una manera chamánica y nos ayudara? Las anécdotas acerca de Pele haciendo que los flujos de lava se alejen de sus favoritos (Kane 1996) realmente apoyan esta idea. De ser así, en una relación con la tierra como ha tenido tradicionalmente la gente en Hawai, y si una postura animista propone a la tierra como “despierta”, la tierra se sentiría segura y sería más abierta con nosotros. Esto acarrea experiencias sincrónicas mágicas y una sensación de “Aloha” en la gente, lo cual a cambio lleva a que la gente se comporte más respetuosamente con la tierra. En términos sistemáticos, se establece un loopo ciclo retroalimentado, llevando a una transformación mutua y recíproca de tal manera que resulta benéfica para todos.

Por alguna razón, esta reciprocidad mutua parece estar floreciendo en Hawai. La gente de Kansas le está escribiendo cartas de disculpas a la diosa de la tierra. Es posible que aquellos que tomaron rocas, al sentirse culpables por estar expuestos a la Maldición de Pele y haber sido víctimas de casos de misteriosa mala suerte, tengan otras actitudes para con la isla la próxima vez que la visiten. ¿No sería acaso posible que también comiencen a tratar sus respectivos hogares con más conciencia y respeto también? ¿Qué ocurriría si el lugar de Wal-Mart sería percibido tan inherentemente sagrado como, por ejemplo, la Catedral de Chartres o el Monte Kailash?

Cuando se percibe a la naturaleza infundida en espíritu y voluntad, muchas prácticas destructivas como la tala de árboles, la minería a cielo abierto, o el vertido de desechos nucleares ya no parecen ser actos neutrales, sino atroces. Y el relato es clave: un árbol visto como una tabla parada o como dinero será tratado de forma diferente a un árbol considerado un pariente ancestral que ofrece refugio y alimento. Un animista, cuando considera la manufactura, al reconocer a la madera como el cuerpo de su amigo, preguntaría, “¿vale la vida que voy a tomar para hacer ese objeto que deseo?”. Quizás si, quizás no; en todo caso, el hecho de contemplar la pregunta aumenta las probabilidades de que sean fabricados menos objetos innecesarios, y menos “recursos” de la tierra sean innecesariamente agotados.

Nuestro mundo sería muy diferente si la ideología dominante incluyera un respeto recíproco por todos los seres, seres con cualquier cuerpo. En pequeñas proporciones, las piedras de Hawai quizás estén ayudando a que esto suceda.

¿Qué Historia Es Mejor?

A pesar de no aceptar las construcciones humanas hechas para desviar los flujos de lava pronosticados, ya que tales construcciones tan grandes son consideradas un insulto hacia Pele, los hawaianos no se doblegan ni se someten a tan desagradable destino. En cambio, muchos rezan a parientes fallecidos que hayan sido devotos de Pele para que intercedan con la diosa para desviar de ese territorio en particular un flujo de lava que se acercaba (USDOE, sección 6.12). Uno puede encontrar muchas historias en las que exitosamente la lava cambia de dirección repentinamente solo unos metros antes de alcanzar una casa o un pueblo, a través de lo que para la sensibilidad moderna parece ser un milagro extraordinario.

Antes había preguntado, ¿es posible que cuando se respeta a la tierra y sus espíritus, ella nos responda de la misma manera? Si esta pregunta parece contener una especie de superficialidad new-age, voy a pedirle al lector que por un momento suspenda todas sus ideas relacionadas a la “creencia” y contemple en cambio los efectos del relato. ¿Cuáles serían las consecuencias de nuestras acciones si esto fuera así? O contemple lo opuesto: ¿Cuáles serían las consecuencias de las acciones de la civilización si no fuera así? Más importante aún, ¿Cuál es preferible? ¿Cuál nos guía hacia la supervivencia, hacia la sustentabilidad y la felicidad a largo plazo?

Los modelos indígenas de relación han sido exitosos por decenas de miles de años. En cambio, el comportamiento humano en la modernidad, en especial los 200 años desde la revolución industrial, ha llevado al planeta al borde de la sexta gran extinción (Eldredge 2005). La relación que existe actualmente con la tierra, basada principalmente en la maximización de las ganancias corporativas y en pretender estar separado del nido de relaciones de cualquier forma recíprocamente próspera, está llevando a la humanidad a la autodestrucción. Hawai se está transformando rápidamente en la capital mundial de las especies en extinción (Museo Bishop 2008). Si realmente los pensamientos crean el mundo, la elección favorable es más que clara. Hawai contiene los elementos necesarios para realizar un provocativo caso de prueba: el potencial para la adopción prevalente de una cosmovisión animista existente que catalice una nueva acción protectora.

Mauli-ola, un concepto animista hawaiano que Heighton cree que todavía es la base para entender el comportamiento de los isleños nativos, significa “la esencia de la vida está presente en todo el mundo” (Howard 1974, 155). El fenómeno pohaku no solo ilustra el mauli-olaen plena acción, sino que también plantea una gran duda filosófica sobre la naturaleza propia de la conciencia. Si asumimos que en lugar de alzarse al final de una cadena evolutiva lineal, la conciencia en realidad yace en el suelo del ser y está por lo tanto presente en todo, con cada especie e individuo representando una especie única de su florecimiento, la cosmovisión sobre (y el intento de manejar) cualquier sistema viviente toma una dimensión expansiva, numinosa y participativa.

Los Relatos Culturales Como Pedagogía

Los relatos y las experiencias retratadas en este capítulo pueden ser empleados como método pedagógico (o andragógico). La serie de eventos pohaku en el semestre de Jerry ofrece momentos transmisibles para los estudiantes, y para la facultad también. En los semestres siguientes en la isla compartiré la historia de Jerry con los nuevos estudiantes, enfatizando esos cambios grupales diversos en la conciencia de la cosmovisión. Luego invitaría a estos nuevos estudiantes a participar en una danza tanto con sus historias culturales nativas como con los relatos de las creencias con las que ellos fueron criados, alentando al mismo tiempo a que sostengan ambas dos simultáneamente en lugar de elegir una “verdad” limitada en la cual vagar constantemente. Esto demostró ser una manera efectiva para nosotros, como educadores, de sacar provecho de tales experiencias en los relatos pedagógicos, un ejercicio que ayudó a los estudiantes a disfrutar la ambigüedad intelectual y, en última instancia, a cargar con sus paradigmas más livianamente.

La historia de Jerry y sus componentes de humor y horror (siempre dentro de los géneros del relato), en combinación con otros elementos de la educación medioambiental[1]también tuvo el efecto de hacer accesible a los nuevos grupos de estudiantes los matices de las relaciones ecológicas indígenas.

Stacy Scudder Y Árbol De Pan

Una estudiante, Stacy Scudder, reflejó en su última hoja las similitudes entre la filosofía hawaiana nativa y la filosofía ecológica de la ecología profunda. En resumen, los principios de la ecología profunda proponen que el bienestar de toda la vida, tanto humana como no humana, tiene valor intrínseco en sí mismo, independiente de su utilidad para los propósitos humanos. Ideológicamente puesto en práctica, se trata principalmente de reemplazar un estándar de vida de creciente adquisición material con la apreciación de un modo de vida de mejor calidad; una “profunda conciencia acerca de la diferencia entre grande y gran” (Devall and Sessions1985, 70).

“Los hawaianos poseen una profunda reverencia y conexión con la tierra. Esto se manifiesta en kapus al considerar sitios sagrados tales como la cima de las montañas, en ofrendas hechas a heiauy en la personificación en las rocas (Pele), plantas (taro como hermano), y animales (como aumakua). La visión occidental parece enfocarse en las características cuantitativas del mundo natural. Las relaciones son frecuentemente antropocéntricas, en donde el valor es determinado por su utilidad para los humanos en relación a medidas científicas, de consumo e industriales. Los nativos hawaianos frecuentemente se refieren a la energía de la tierra y a la importancia de tener una relación recíproca con ella. El alimento es honrado con palabras amables y restricciones en cuanto al tratamiento (las mujeres que menstrúan son consideradas kapu). Las tradiciones hawaianas parecen poseer una filosofía profunda e inherentemente ecológica”. (Scudder 2003)

Kara McCrimmon Y Su Caminata Hacia Waimanu

Mientras que la comparación de Stacy se enfocaba en los efectos culturales de los paradigmas, su compañera de clase Kara McCrimmon tomó en cuenta los efectos psicológicos. En la hoja de Kara, el lector puede ver cómo la exposición a ideas animistas la llevó a experimentar un cambio en la definición de “sí misma”, moviéndose de un sistema autónomo e individual a uno completo, colectivo y viviente, del cual ella era una parte. Es interesante remarcar que, paradójicamente, esto llevó a hacerla sentir que debía tomar más responsabilidad individual:

“Las filosofías occidentales dominantes parecen enseñar acerca de la independencia, la individualidad, y la oportunidad para la persona fuerte e intencionada de crear y definir su propia realidad. Recuerdo haber leído muchos libros con esta temática en la secundaria. No recuerdo haber leído o que me hayan enseñado sobre la filosofía de que todo está conectado con todo. Sin embargo, cuando tomamos en cuenta la noción de que todo está conectado con todo, la noción de la entidad individual cambia. Ya no es una entidad singular, individual luchando contra el tejido del universo. El individuo se convierte en un hilo único del telar universal. Entonces, las acciones de un individuo pueden darle fuerza al telar, o pueden causar que se deshilache el tejido. Cuando una persona reconoce que todo está conectado, que toda acción tiene una respuesta correspondiente, la definición de “uno mismo” debe experimentar honestamente e incluir todo dentro del rango de influencia para ese individuo”. (McCrimmon 2003)

Cada semestre, mis estudiantes fueron profundamente afectados por su tiempo en Hawai, tanto en términos de exposición a las ideas fuera del paradigma dominante como también por el solo hecho de estar ahí todos juntos, viviendo allí afuera en esa tierra. Sus relaciones con Pele y ‘āina (la tierra o, literalmente, “eso que nos sostiene”) han cambiado en el transcurso del tiempo que estuvieron en Hawai, como también ocurrió con las actitudes de otros residentes que participaron en mis clases, quienes estuvieron allí por mucho tiempo. Se tornaron más respetuosos, con un sentido de importancia espiritual en el día a día, y un comportamiento ecológico más sustentable.

La historia se repite con las repentinas cartas de aquellos turistas que se llevaron rocas. Parece posible que aquellos que experimentaron una racha de mala suerte y comenzaron a sentirse culpables por haber tomado las rocas tendrán otra actitud para con la isla la próxima vez que la visiten. A medida que más y más gente adopta un comportamiento favorable para la sustentabilidad, también cambiarán la cultura y las estructuras que la soportan. De esta manera, en esta tierra compuesta por rocas de lava, las piedras fueron maestras.

De La Propiedad A La Pertenencia

Durante los últimos 40 años, las gloriosas fotos de la NASA de nuestro singular planeta azul visto desde el espacio han estado preparando la psiquis colectiva de la humanidad para habitar una versión ampliada de la “conciencia de isla” —una versión más verde de la cúpula geodésica de Buckminster Fuller-. Si las naciones comienzan realmente a reconocer que la Tierra es un sistema cerrado, finito y luego actuar en consecuencia, todo cambiará.

El experimento de la modernidad ha fallado claramente: ninguna civilización industrial ha entablado una relación ecológicamente sustentable. De esta manera, la “copia estructural del mapa cognitivo de los isleños” (Ritchie 1977, 187) continúa siendo clave para la supervivencia. Si algún lugar se arruina en algún gran continente, hay otros lugares adónde ir; nuevos territorios a los cuales trasladarse al otro lado de la cumbre. Levantar campamento y moverse. Sin embargo, esto no es posible en una isla, por lo tanto se debe lidiar con los problemas. El nombre elegido para el semestre en Hawai fue “El Microcosmos de la Tierra”, que refleja la necesidad de que se aplique esta conciencia isleña en todo el planeta. Vivimos en una pequeña y frágil isla de vida flotando en un vasto y frío espacio vacío, y muchos están despertando ahora al hecho de que necesitamos atender la salud de nuestro suelo, agua y aire.

Más culturas relacionales, a las cuales los países industrializados podrían seguir, saben de las estructuras para una mejor sustentabilidad. Por ejemplo, la nueva tendencia hacia el localismo como alternativa a los comercios globales hace eco, y mira hacia el viejo sistema hawaiano ahupua’. Pero será difícil para la gente aguantar estos cambios a menos que estén acompañados por un cambio de conciencia también, uno que muestre por qué dichos cambios serían beneficiosos. Para que sobreviva el planeta y nosotros como especie, la gente del Hemisferio Norte debe superar colectivamente la idea del “universo hecho de materia muerta”, en el cual solo los humanos poseen conciencia, ya que esta idea ha llevado a que actuemos como si nuestra especie estuviese separada, y fuese mejor, que el resto de la matriz de seres vivientes. Por supuesto, muchas personas y grupos en todo el mundo son profundamente concientes de la urgencia de nuestra situación, y están trabajando actualmente para realizar cambios desde varios ángulos. La exposición a la belleza, la armonía, y el valor duradero de los modos indígenas de relacionarse con el mundo natural; ver la tierra como maestra ofrece un camino prometedor al éxito.

El relato puede servir como una tecnología para estar en conexión con diferentes cosmovisiones, como la animista, potenciando así un cambio de conciencia a nivel macro, o de la sociedad. En particular, los relatos ecológicos nativos con sus componentes espirituales (en especial cuando son también experimentados personalmente), desacreditan los conceptos modernistas obsoletos que plantean que lo animista es meramente imaginario. Pero no pueden ser simplemente apropiados: Hawai no es lo mismo que Nebraska, y a las historias de cada lugar se las debe permitir contarse por sí solas.

La situación mundial pide urgentemente un cambio en la postura en cuanto a nuestra relación con la tierra, alejándonos del paradigma dominante actual de propiedad hacia un punto de vista indígena de pertenencia, el reconocimiento de que los humanos están de hecho en el cuerpo de la Tierra viva y que son solo una de sus amadas partes. Los relatos o historias animistas nos hacen ser concientes del lazo sagrado que la gente alienada del Hemisferio Norte todavía posee con otros animales, plantas, e incluso rocas. Esto permite a tales seres ser compañeros en el diálogo, y enseñarnos así a recordar lo que hemos olvidado. Los beneficios que estos cambios incluyen son una creciente sensación de asombro y pertenencia llena de agradecimiento, y un modo de vida más sustentable en el que la gente no solo es conciente de, sino que gentilmente acepta los límites. Básicamente, es lo mismo que una transición pono: una relación realmente responsable, simbióticamente recíproca, y espiritualmente profunda con el mundo más allá del humano.

Pule Ho’opua (Rezo Final)

E Pele e! He akua o ka pohaku enaena, Ele‘ele kau mai!

[Oh goddess of the burning stones, Let awe possess me!]

Oh Diosa de las piedras ardientes, Deja que el temor (reverencial) me domine!

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Referencias

Abbott, Isabella, y Cindy Hunter. 2003. Limu: La Religión los hizo importantes Construyendo comunidades modernas en conexión con los arrecifes. Papa & Wakea Lecture Series, Waikiki Aquarium, 24 de abril.

Achterberg, Jeanne. 1985. Imágenes de curación: el chamanismo y la medicina moderna. Boston, MA: Shambhala.

Bakan, Joel. 2004. La Corporación: La búsqueda patológica de lucro y poder. New York: Free Press.

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Notas Al Pie

[1] Este canto se puede encontrar en Emerson (1909), sin embargo, lo aprendí fonéticamente de mi estudiante graduado Kara McCrimmon, que lo aprendió desde el canto de “tía Nona” Beamer cuando visitamos su casa en Hilo, primavera de 2003. Quiero aprovechar este momento para decir Mahalo Nui Loa [mayor agradecimiento, gratitud y respeto] a todo el pueblo hawaiano cuyas palabras e ideas han informado este trabajo, y con el espíritu de la aina.

[2] Terry Reveira y Ted Eriksson [pseud.]. Dos entrevistas separadas por autor. 31 de marzo 2003. Hawaii Volcanoes National Park.

[3] Reveira. Entrevista del autor. 31 de marzo 2003. Hawaii Volcanoes National Park.

[4] Seudónimo y todos los demás nombres y acontecimientos son verdaderos.

[5] Janet Richardson LeValley. 1995. Mensaje de correo electrónico al autor.

[6] Pahoehoe es una especie de suave, viscosa lava que se parece un poco como el pelo largo, a diferencia de a’a que es fuerte, clinkery, trozos irregulares. Como una ayuda mnemotécnica, que bromea sobre el hecho de que si usted camina en este último descalzo, obtendrá una corte horrible y probablemente grite “Aaa! Aaa! ”

[7] Reveira. Entrevista del autor. 31 de marzo 2003. Hawaii Volcanoes National Park.

[8] Pers. comm. 23 de marzo 2000. Hawaiian Volcano Observatory,

[9] Además de la tierra, la palabra āina también puede significar la relación sexual o una comida.

[10] El libro de Howard informa de los detalles de su estudio en colaboración.

[11] Esta preocupación parece ser especialmente importante para las piedras que se utilizan como colegas en algún sentido, y significa la profunda reciprocidad necesaria para el consumo humano / de piedra y otras relaciones entre especies.

[12] Momi Subiono. Pers. comm. 2003. Amy B. Greenwell Jardín Etnobotánico, Honaunau, HI. Howard (1974, 156) y Kelly (1980, 33-6) dicen que estas piedras se llaman ‘ili’ ili Hanau o “piedras de nacimiento”, ya que se cree que reproducen visiblemente a sí mismos, produciendo pequeñas piedras de sus cuerpos en condiciones adecuadas. También se les ha visto aumentar de tamaño.

[13] Kia Fronda. Entrevista del autor. 2003. Waipio Valley, HI.

[14] De casi dos docenas de encuestados, sólo uno no compartía estos sentimientos: un científico retirado de la realización de giras en el Laboratorio Nacional de Energía de Hawai se encuentra en el lado de Kona de la isla, lejos del volcán activo. Dijo que “no ha sido adoctrinados en “la creencia de Pelé, citando su sospecha de la superstición como la razón. “De hecho”, bromeó con una expresión impasible: “A mi ni siquiera me gusta estar rodeado de gente supersticiosa. Me traen mala suerte. “Pero de una manera u otra, todo el mundo tomó nota de la mana de las piedras y de la isla.

[15] Mientras que el término “haole” se utiliza comúnmente hoy en día para referirse a las personas de ascendencia europea, lleva un tono insultante, ya que, literalmente, significa “sin espíritu.”

[16] De acuerdo con Gutmanis (1991, 23), esto es conocido como la roca Hupeloa, situado en Pass Kolekole en Oahu.

[17] Entrevista realizada por el autor. 08 de abril 2003. Se aplica a todas las citas Johnston-Kitazawa en esta sección.

[18] término del argot Pidgin para lo que los continentales llaman “piel de gallina”, la manifestación física de miedo sobrenatural o experiencia mística impresionante.

[19] Entrevista realizada por el autor. 12 de abril 2003. Mauna Lani Hotel, HI. Para todas las citas Akaka en esta sección.

[20] Entrevista realizada por el autor. 01 de abril 2003. Hilo, HI. Para todas las citas Beamer en esta sección.

[21] Collar, generalmente hecho de materiales naturales, tenido en cuenta como muestra de afecto.

[22] Entrevista realizada por el autor. 19 de abril 2003. Waipi’o Valley, HI. Para todas las citas Fronda en esta sección.

[23] Valenzuela y Sato (nd), verificando mis propias observaciones que trabajan en campos de taro de Kia Fronda, Waipi’o Valley HI, 2002 y 2003.

[24] habitantes indígenas de la playa y activistas de la soberanía. Pers. comm. 2001-2003. Se niegan a llamarse a sí mismos “sin techo”, sintiendo fuertemente que a pesar de lo que piensen los usurpadores colonizadores, toda la cadena de la isla es su hogar.

[25] Terry Reveira. Entrevista del autor. 31 de marzo 2003. Parque Nacional Volcanes de Hawai’i.

[26] Pseud. Entrevista del autor. 31 de marzo 2003. Parque Nacional Volcanes de Hawai’i. Para todas las citas Eriksson en esta sección.

[27] Entiendo que el término kahuna se traduce más literalmente como “maestro”, como en el dominio de un arte u oficio, con el liderazgo espiritual de ser uno entre muchos.

[28] Yo defino la sostenibilidad como la capacidad de proveer para nuestras necesidades actuales sin comprometer la capacidad de futuras generaciones de cualquier especie a hacer lo mismo.

[29] Momi Subiono. Pers. comm. 20 de febrero 2003. Amy BF Greenwell Jardin Etnobotánico, Honaunau, HI.

[30] Para un excelente y atractivo libro sobre las relaciones humanos / plantas desde el punto de vista de la planta, leer The Botany of Desire (Pollan, 2001).

[31] Kanahele 1999; Maly 1999, mis propias observaciones de las protestas indígenas en el pie de la montaña desde 2000 hasta 2003.

[32] Aloha es un saludo que abarca “hola”, “adiós” y “amor”, así como una palabra que connota la generosidad amorosa de buena voluntad hacia todos los seres que caracteriza a la mejor forma de vida en las islas hawaianas.

[33] En 1993, el biólogo de Harvard E.O. Wilson estimaba que el planeta estaba perdiendo 30.000 especies por año, en torno a tres especies por hora. La tasa es aún más grave ahora.

[34] Ilistración educativa en el Museo Thomas A. Jaggar del Parque Nacional Volcanes de Hawaii. Abril de 2003.

 

————-

[1]N. del T.: “Place based education”: método de educación mediante el cual se busca ayudar a una comunidad a través del trabajo en conjunto con los estudiantes y el personal del colegio para resolver problemas propios de dicha comunidad.

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Learning from Our Elders: Teacher Trees December 2, 2012

american-linden-pic by pubs intl,ltd

American Linden tree.
(Img: Pubs Int’l, ltd.)

 

“A beautiful essay on deep listening…to trees.”  ~ Jamie K. Reaser, Courting the Wild series co-editor (with whom, by the way, it was a pleasure to work). She has made the essay available for free now via a link on the publisher’s website.

‘…The maple advised, “Be like the linden tree. It bends and bends in every wind, yet its roots go down deep, deep, deep.”…’ ~ Tina Fields

That line, which Jamie chose to highlight, is the core of the story. That is the advice a maple tree gave me when I was nine years old, and I’ve never forgotten it.


Click here to read Learning From Our Elders at Hiraeth Press,

or just read it on this page, immediately below.

I hope you enjoy it.

*

LEARNING FROM OUR ELDERS: 

TEACHER TREES

by Tina Fields

Featured in Courting the Wild: Love Affairs with the Land, ed. Jamie K. Reaser, Hiraeth Press.

*

I was con­sid­ered a weird kid. When I was nine, my frizzy, dark auburn hair was far from the stylish straight-and-​​blonde. I didn’t care what my clothes looked like or whether they even matched, let alone what label adorned them. I was far from ath­letic. I wore glasses. I used big words, and under­stood their mean­ings. While other kids gos­siped and invented small tor­tures for fun, I read, drew, and day­dreamed. As an only child, I was poorly versed in mind games, and usu­ally lost out long before I even real­ized the teasing had begun. When I grew up, I wanted to be a philoso­pher and a witch.

All of this added up to the bleak reality that I didn’t have many friends. Most of the time that was actu­ally fine, as I enjoyed the freedom that came with soli­tude. Fortunately, I found myself to be pretty good com­pany. But there were also chal­lenges. Like many only chil­dren, I didn’t need to seek accep­tance through pack con­for­mity. (I knew it was a lost cause.) However, childrens’ cruelty toward the introverted social outcast can be brutal, and there were times when even my closest friends would turn on me in an attempt to keep their ten­uous places in the school­yard pecking order. When pro­voked, I wouldn’t fight with them; instead, this taunting made me turn even more soli­tary. The people-cen­tered life felt hard, and I often turned to the more-​​than human world for com­pan­ion­ship.

In the park across the street from my child­hood home, a pine and a maple wel­comed my dogs and me with open, low branches. The pine tree was enor­mous. I’d climb the rungs of its ladder self, rising as high as I could go, and cling to its wide but flex­ible trunk as the wind swayed us back and forth. It felt ecstatic to ride the wind like that, espe­cially in a high storm. Upon my descent, I’d be cov­ered with pitch and pitch-​​glued pine nee­dles. My poor mother tried to freeze the hard­ened gluey gunk out of my hair and clothes with ice, only to give up in dis­gust time and time again, and hack it out of my lion’s mane with scis­sors. I endured all this with equa­nimity, as my tree time made me feel com­pletely wild and at peace. The maple was smaller than the pine and oozed no pitch, so it was my most fre­quent tree-​​of-​​choice. However, it was also harder to scale, so I’d only go as high as its second branch. This was a com­fort­able branch; just the right shape for me. I could sit upon it for hours, and I would, too, espe­cially when life seemed par­tic­u­larly hard.

Being aloft held its own sur­rep­ti­tious plea­sures: People would walk by down below, and never know I was perched above them, over­hearing every­thing. Giddy, I learned that most people rarely think to look up. By staying silent and observing other people’s behavior, I began to awaken to the dark holes in my own aware­ness, and decided to try to notice every­thing.

After par­tic­u­larly dif­fi­cult days at school, I’d enter the maple in the way some church goers step into con­fes­sional boxes. Climbing up, I’d wrap my arms around it, lay my cheek against its rough-​​barked trunk, and tell it my woes and dreams. Sometimes I’d cry. Day after day, week after week, for a couple of years, I wept my sor­rows into that tree.

SAC 2006 tree t-shirt design, by Tina Fields

Arborial consciousness t-shirt design by Tina Fields

And then one day, the tree spoke back.

This might sound crazy or like a make-​​believe story, but it really hap­pened. I was so sur­prised that I nearly fell off the limb. I didn’t hear its voice with my ears. Rather, the mes­sage came in a word and pic­ture com­bi­na­tion that man­i­fested in my mind, yet was not my own. The mes­sage didn’t feel like it orig­i­nated from within me; the words didn’t sound like mine. In my gut, I knew they came from this tree. It was a full-​​blown cou­plet of image and speech, bearing a mes­sage I remember and live by to this very day.

The maple advised, “Be like the linden tree. It bends and bends in every wind, yet its roots go down deep, deep, deep.”

I had never even heard of a linden tree before, much less had any idea what one looked like or how it behaved. It would not be until twenty years later, while living in Europe, that I would meet my first linden tree and feel as though I’d been reunited with a long-​​lost, much beloved rel­a­tive.

The ancient Greeks and the Slavs believed the god­dess of love abided in the linden tree. Other Europeans, espe­cially the Poles, regarded linden trees as sym­bols of divine power, family, faith, and valour. When Christianity arrived in the region, the linden became the tree of the Blessed Mother. In many a folk­tale, the Blessed Mother hid among the tree’s branches, waiting patiently to reveal her­self to chil­dren.

The linden’s white blooms are fra­grant, making them a favorite of bees and bee­keepers. Bees pro­duce wax for can­dles, honey for mead. Laws often pro­tected the pre­cious trees. To cut down a linden meant bad luck, per­haps even bringing tit-​​for-​​tat death to self or a family member. Such was the rev­er­ence for lin­dens.

The maple’s mes­sage to emu­late this unknown cousin rever­ber­ated in me from that moment for­ward. The world was sud­denly full of far greater pos­si­bility than I’d ever before imag­ined. A tree can speak? It’s con­scious? What else is hap­pening that I haven’t noticed or par­tic­i­pated in? I set out – and within — on a mis­sion of curiosity and deeper explo­ration.

Before that day, my par­ents had taken me camping many times. Every time, they had exhorted me to “look at the beau­tiful scenery!” but I ignored them, pre­fer­ring to read a comic book. No more. Suddenly the world was so much more than mere stuff. I went from being sur­rounded by dead matter to being part of a com­mu­nity of aware beings with desires, thoughts, and voli­tion. Life, motion, spirit abounded every­where. I began to realize how how utterly accom­pa­nied I was in the world and how much I was missing because I had not been looking with truly aware, open-​​minded eyes. I began to closely observe other ani­mals, plants, rocks, clouds, and to con­sider how best to serve our col­lec­tive well-​​being. I became inter­ested in mys­ti­cism and spir­i­tu­ality, and began to explore com­par­a­tive reli­gions, looking for human wisdom about relating to the numi­nous in every­thing.

Whatever hap­pened in the purely human realm took on far less import. Personality glitches or opin­ions of me, whether coming from other kids or my own self-doubt, seemed fleeting and insignif­i­cant. I was deter­mined to be kind, but to also put human inter­ac­tions into a much larger con­text. Like a tree, I stood in a forest of mys­tery and hope. And amusingly, as soon as I stopped caring what any­body thought of me, I attracted good friends and even became pop­ular.

Trees, each in their own way, have been my great teachers. They cra­dled me, brought me into con­tact with ele­mental excite­ment, and woke me up to the living world in all of its intense spir­i­tual mys­tery and innu­mer­able dimensions. They ini­ti­ated me as a par­tic­i­pant in life instead of a reluc­tant observer.

The influ­ence of trees has made me a better, wiser, and more aware animal who lives fully in an expanded world sprouting with pos­si­bility, fun, and friend­ship. I will honor these elders of other species as long as I live. I hope that they will con­tinue to teach us all, and that we young­sters along the evo­lu­tionary scale will keep actively seeking out ways to listen.

**********

When searching for a photo of a linden tree to include here, I came upon a fun site about word etymology. Its logo is a musical pun in medieval illumination style. Who can resist that?

Bill Casselmans etymology logoBill Casselman’s entry about linden trees has a component that blew my mind. It turns out that the root of its name means the very quality that was touted to me by my maple tree!

“Linden, like aspen and like ‘the old, oaken bucket’ was originally an adjectival form of Old English lind ‘lime tree.’ Many Indo-European languages have this root *len whose prime meaning is ‘flexible’ in reference, to flexible fibres of the inner bark, much like the basswood-linden-tilia labels. Compare Old Norse lind, modern German gelinde ‘gentle’ but first meaning ‘supple, flexible, soft,’ Latin lentus ‘slow’ but first ‘supple, soft, lazy.’ Other English words containing the same root are lithe, and perhaps linen and line, as Eric Partridge suggests, from an ultimate Indo-European root *li ‘flax.’ This would make *len an extension of the flax root meaning ‘flexible as threads made of flax,’ then of rope or cord made of other materials, like the inner bark of the linden.” (emph. mine.)

Another tidbit that I find here of personal import is the linden’s genus, Tilia. My mother’s name was Tilla. And what do the best mothers give their children but the combo of deep, secure roots and supple, flying freedom?

*

I love it when synchronicities like this show up. The first one affords the mind-blowing confirmation that the tree was right.

On the one hand, duh! So when do trees lie?  Yet on the other, how amazing is that to realize that this was not “mere” internal imagination, but actual communication. It’s so easy to default to lowest-common-denominator cultural normative thinking, and no matter how many times such things happen to me and how many times I’m shown that ‘there’s more in heaven and earth, Horatio,’ etc., I’m still always amazed.

Some might consider this focus on synchronicity to be overly magical thinking but to me, such occurrences signify that I’m in sync with the Tao; the flow of mystery in this planet and beyond, of which each of us is one small musical phrase. And since it makes the world more fun and encourages me to be even more engaged in life, why not think that way?

Go forth and listen to a tree now, and see if it changes you like it did me.

*

Linden tree leaves (img: billcasselman.com)

(My essay is linked & presented here with permission of Jamie K. Reaser, co-editor. This version printed here has a few changes from the one published by Hiraeth Press.  Artistic license, y’know.)

 

“We Ain’t Got No Wildlife Here”: Teaching Ecoliteracy May 8, 2012

click on the image to make it larger

*

The paper linked below, “We Ain’t Got No Wildlife Here”: Transformative Effects of a Contemplative Assignment in Ecoliteracy, was one of three chosen by Naropa University in response to President Obama’s campus challenge. Naropa chose to specifically focus on Contemplative Education and Ecological Sustainability, “in order to challenge ourselves to bring a contemplative perspective to service in the ecological sustainability sectors.”

As I had just moved to the area when the call came out, upon reading my proposal, Dr. Burggraf and committee allowed me to waive the requirement of co-authorship with a community partner. I was grateful to be able to participate anyway – and I dearly wish to have such partners in future.

Fast forward to May: last week, the authors presented our final papers as a panel. Anne Parker & Mark Wilding illustrated ways to engage adolescents and young adults in “Transformative Learning and Sustainability.” Sherry Ellms & Leila Bruno described how the Awakening the Dreamer, Changing the Dream symposium is “Nurturing a Culture of Possibilities.” With each encounter at Naropa, I feel even more impressed by the depth of my new colleagues’ wisdom and heartful caring for the world.

The Green Papers will be made available on Naropa University’s website sometime later this summer, but my students have graciously asked to read mine now. So here it is, out in the world already like an early crocus peeking through the snow. As the Spring semester is winding down and they find themselves without any formal reading assignments, the void looms.  😉  I hope you enjoy this paper, or that it at least helps fend off any grad school withdrawal symptoms.

*

Click on the link for a PDF:

“We Ain’t Got No Wildlife Here”:
Transformative Effects of a Contemplative Assignment in Ecoliteracy

by Tina R. Fields, Ph.D.

Fields_Green Paper_Teaching-Ecoliteracy

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If you’re wondering what you’d be getting into, here’s the trailer. The paper itself is much more fun to read than the Abstract. It centers on a story!

Abstract:  This paper describes a college assignment intended to foster ecoliteracy in social science students. The inclusion of a contemplative component conducted over time outdoors has repeatedly resulted in not only cognitive knowledge about the denizens and processes of a given place, but has transformed students’ relationships with the more-than-human natural world to a much deeper relational gnosis and comfort level. Excerpts from one inner-city student’s journal are presented (with permission) as a case study, and elements contributing to the assignment are discussed.

*

Feel free to engage with me via the “Comments” box below. I look forward to hearing your responses to this work.

*

A deep bow to Naropa University for choosing this paper, and to former colleagues/forever friends Nicky Duenkel and Judy Pratt for generously giving me feedback for improving it.

 

Cartoon History of Psychology June 1, 2010

Filed under: Articles,Arts,Drawing,Humor — BrujaHa @ 10:38 pm
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This is a paper I wrote in graduate school, believe it or not. The class was Western Personality Theories. It didn’t take me long to realize that this particular assignment, to show our understanding of one theorist, bored me to tears. So I asked if I could literally illustrate my understanding – which, after all, is a lot more work than cranking out a pure-text paper. I was fortunate: the professor was Carolyn Foster, one of the best. (See her current activities.) Her response was priceless, including:

“While my EGO was thinking “My doesn’t Tina understand Freud well, Isn’t she talented…” my ID was going, “OOH GOODY, FUN PICTURES, WHAT’S NEXT, HEE HEE… but my SUPEREGO was harping away: What would [the department chair] think of this? Is this OK for graduate level work?”

She ultimately concluded that it was, and even though it is not fully finished since the assignment deadline was set for the writing of ordinary mortal prose papers, I passed.

The scholars among you will have picked up on the bit in that narrative that’s most relevant to you: the piece that follows isn’t completely finished. If you want more, hey, clamoring has often worked. Especially when accompanied by chocolate, or a series-publishing offer.

If you have trouble reading it at this size, you can click on each page to enlarge it.

Hope you enjoy this serious academic paper. Ahem.

 

Horned Toad Hospitality March 16, 2010

I discovered my first Desert Horned Lizard in my father’s lunchbox.  After two interminable days away, my dad finally came through the front door.  Joyfully, I ran to greet him, lunging forward with a big hug.  I took his coat and hung it up, glad it would stay in the home closet for awhile. Then, as routine dictated, I sauntered off to the kitchen to clean out his lunchbox. As I lifted the metal lid, I anticipated used napkins, food wrappers, and maybe some leftovers. But WOW!  To my surprised delight a small, intelligent reptilian face was looking right up at me.  In that instant, I fell in love with a wild horned toad.

When I was growing up, my father had a job flying a small airplane for the telephone company in northern Nevada.  In those days, all telephone service was provided by one single cable that lay buried across the entire Sierra mountain range.  Every long-distance relationship in the West was dependent on that cable; if it became unearthed and was cut, westerners would have their connections to each other and the rest of the world severedliterally.  My dad’s job was to fly the full route of the buried cable every week, covering one bit per day, in order to make sure that it was still buried, intact and secure.

He observed that same vast area from the air every daylike a bird above its life-long territory, watching the land change. He noticed its colors and moods changing suddenly and swiftly through differing weather, and transforming gradually through the seasons and ever-creeping human ‘progress.’ He grew to know it with a rare depth of understanding and love.

Every Saturday, my dad would take me up in his Super Cub for a half-day of work.  And every Saturday, I’d throw up in the little airplane barf bag, a trade-off which was entirely worth it.  Every Monday, he’d fly straight east and, because the route took him so far in that one direction that day, he’d stay overnight in Elko.  The next morning, he’d continue on to Utah, make the loop, and then fly back to Reno in time for dinner with his family on Tuesday evening.

On his way home, my father would land somewhere in the eastern Nevada desert to stretch his legs and have lunch.  The predominant quality of the Great Basin Desert that far out feels like silence.  No human settlements exist nearby; no machine noise, aside from the occasional airplane passing overhead, assaults the ears. The federal government has justified their choice to locate nuclear waste in Nevada by viewing this sort of land as barren, uninhabited, a ‘wasteland.’ But really, a lot happens there every moment; it’s just that it takes a softer, slower mindset to notice. At first, one hears or sees very little in such a landscape, especially if accustomed to the noises of human colonies or the riotous colors of lusher regions with their innumerable shades of what we simplistically call ‘green’. But after awhile, the senses become more sensitive, and this land’s subtleties more tangible. The hills, perhaps at first seeming only clad in tones of dull brown or grey-green, after some quiet contemplation suddenly contain purples, golds, blues, pinks; and all of these ever-changing with the moving sunlight. Many nonhuman peoples live there: coyotes, rattlesnakes, small burrowing owls, piñon pines. In a thunderstorm, juniper trees and sagebrush lend a wonderfully overpowering scent to the air; the same refreshing incense used by the native Washo, Paiute, and Shoshone peoples for purification before spiritual ceremony.  Being alone out there can feel renewing.

Once in awhile, after he finished eating, my dad would look around for a Desert Horned Lizard or two. He’d catch them and bring them home to me in his old-fashioned black steel lunchbox with the rounded lid. This provided the source of much surprised hilarity when my mother went to clean out the lunchbox and would find, instead of the expected used sandwich wrappers, a little face looking up at her. The lizards would only stay with us one week, and then back into the lunchbox they’d go for the return trip to their desert habitat.

I was delighted with the “horny toads,” as we called them, although they are actually lizards sporting flattened, pudgy, somewhat toad-like bodies.  Their tiny, wild otherness awed me.  They were so prehistoric looking, ferocious yet so delicate, with their softly articulated limbs, little clawed hands, the pebbling around their eyes, and their elegant subtle colors.  Although their backs and heads were covered with spikes like a small dinosaur, their bellies were very soft.  Their tongues darted out like lightning.  They maintained a constant silence.  Because of their rotating numbers, I really got to notice each one as an individual.  Each was very different from her or his fellows. Some were huge, some were wider or flatter than most, some had more vibrant colors, some looked wise, some had a feisty temperament.

Beautiful HornedToad quilt made by Susan Cranshaw


Their eyes look quite a bit like ours, with light brown irises and round black pupils, but they could shoot blood out of their eyes, and shoot it far – up to five feet away. Horned lizards’ first defense lies in the visual realm: invisibility and distraction. When threatened, they’ll freeze in place in an attempt to become invisible. If that fails, they’ll run a bit in weirdly angled directions, stopping in spurts and angling off in some other direction, in an attempt to confuse the watching predator. If that doesn’t work, their second defensive strategy is to seem dangerous. They’ll puff themselves up in order to look bigger and pricklier, making their spines stick out in a ferociously cactus-like manner that screams “I Taste Bad and Go Down Hard.” If actually grabbed, they might hiss, bite, or try to stick the assailant with their spines. Finally, if all that fails to deter the would-be lizard muncher, they will squirt an aimed stream of blood right into the assailant’s face. They do this by deliberately constricting the blood flow from leaving their eyes and heads, which increases the blood pressure there so much that the tiny blood vessels around their eyelids burst. This spurt of blood not only surprises and perhaps even temporarily blinds the would-be predator, it’s also reputed to taste terrible. It’s easy to imagine how this would put anyone off their meal.

My friends all wanted to see the lizards spurt eye blood, but I generally refused to entertain in this way. The Encyclopedia Brittanica my folks had bought from a door-to-door salesman said it was a sign that the lizards felt severely threatened, and I wanted them to be happy while they were with us.

Lizard guests deserve the best.  My dad built a terrarium hotel for them out of a flat metal oil-changing tub.  It stood about 6” tall and 2 ½ feet in diameter, and was topped by a Plexiglas lid complete with drilled air holes and bolts to fasten it in place. We filled the hotel with dry sand and a water bowl, and as their nominal caretaker, I was charged with capturing food for our reptilian guests.

We quickly discovered that horned toads only enjoy live fare, so I had to go out several times per day to catch ants, the only insects I could reliably find. Fortunately, our locally plentiful Harvester Ants are caviar to Desert Horned Lizards.  Yet unfortunately, I soon learned that humans are not really built to be ant predators.  I suffered for weeks in my efforts to collect enough of them to satiate gluttonous horned toads.

Try this as an exercise in humility:  Capture running ants, one at a time, between your fingertips.  Pinch them hard enough to grab them, but gently enough to keep them unharmed and alive.  Then get each ant into a transportable container without letting any of the others out.

It would take me at least an hour of ant-catching every day to keep the horned toads fed.  Then one day my mother suggested that I find an anthill and use bait, like honey in a jar, to get them. It was with a combined relief and Homer Simpson-like “D’oh!” that I switched to the honey trick. It worked!  Now, as the horned toads hid burrowed in the sand with only their heads peering out, they had scores of ants running all over their camouflaged backs, and I enjoyed many gruesomely fascinating moments watching them silently waiting… waiting… and then suddenly snapping up their unsuspecting victims.

Like many kids with pets, while I enjoyed the horned toads’ presence, I didn’t always pay enough attention to them.  It snowed quite a bit during Reno winters, and on one such day I remember feeling elated and blessed with a visit from a glorious sun.  Certainly, I thought, the current batch of horned toads must be homesick for the desert; they would no doubt enjoy a bit of warming up after a bleak few days trapped in the gloomy house (a bit of projection on my part, perhaps).  So I placed their terrarium on the front porch, where they could bask in direct sun light to their hearts’ content.  I went back in to read, or play, or draw.  And I promptly forgot about them.

When it began to get dark, my mother reminded me to bring the horned toads inside for the night.  I went out to get them, but to my horror, I found they were not the same. The sun’s rays had become super magnified by the Plexiglas lid, causing the temperature in the terrarium to rise to an intolerable level. The baby lizard had baked to death.  I buried his stiff, dried-out little body in our yard, weeping through the entire ceremony.  Guilt and grief co-mingled.  The older one was still alive, but barely. We gently placed her in cool water and left the hotel lid open to the sheltered indoor air.

My father barely met my eyes. “That’s the last of the horned toads,” he said through a tight, set jaw. “If you don’t take care of them, you don’t deserve to have them.”  I pleaded, “But it was only this once, and it was a mistake!”  I felt terrible. Was my act so awful? It was an accident. I truly hadn’t meant harm to come to them; didn’t that count? Was this ban really to last forever?  Thankfully, the large one grew stronger again, and my dad took her back home in his lunchbox the very next day.  But he never brought another horned toad home.

My eyes opened to the fragility of life on that winter day, and the impact I, and my species as a whole, can have on these, our ancient relatives. They have lived as a species so much longer than we, and under extreme desert conditions of weather and water deprivation that would do most humans in; yet they are individually so soft, small and vulnerable. My one small act of unintentional negligence led to their torture and swift death. I felt guilty not only because of what happened, but also because I had caused it in the misguided name of love. Further, the mistake resulted in dire consequences for the perpetrator, too – no more horned toads for me, ever again. And I began to realize how we humans need to maintain a high level of observant vigilance about the effects of our actions.

The Northern Desert Horned Lizards that live in Nevada, Idaho, Utah, and southeastern Oregon are still pretty well-off.  However, two of their southern cousins have state protection as ‘threatened’ species, largely due to loss of their primary food, the Harvester Ant.  Increasing development reduces ant habitat, non-native ants moving in from South America make war on them and eat their queens, and overuse of agricultural pesticides kills them en masse.  All of these factors combine to make the horned lizards’ primary food source very hard to come by.

Perhaps I want my entire species to help me atone for the pain I caused that one young horned toad.  I want us to gain enough consciousness to stop causing this sort of agony on purpose, to stop sanctioning horrific deaths as ‘collateral damage’, and to stop destroying the homes of our other-than-human relatives for our own selfish purposes without batting an eyelash.

The history of colonization is replete with unconscious violence: theft of native peoples’ homelands, forbidding Paiutes, Aborigines, Hawaiians, and Irish to speak their own languages, and kidnapping Africans to toil as slaves on an faraway continent.  We look upon these events with horror now, yet we are still perpetrating such crimes of the soul today, in an equally unthinking ways, against our non-human relatives. We capture wild birds such as parrots, some of whom live over 80 years and range for hundreds of miles of territory, to keep in sedentary cages as wing-clipped pets. We vacuum tropical fish up from their vast home in the coral reefs to languish and die in our tiny home aquariums. And we consider land to be ‘our property’, sellable and ‘uninhabited’ if it doesn’t have a human-built structure on it, giving us free rein to bulldoze it, pave it over, drop toxic wastes on it, and evict or murder the existing denizens, who now are considered ‘pests.’

Since the horned toad incident, I’ve pondered this question many times: “How do we foster respect for the other-than-human world?”

The lesson I learned when I inadvertently killed the baby horned toad was a strong one for a girl of eight, and I’ve never forgotten it: Care for the other-than-humans daily, and do it well and right, with proper attention and love, for you only get one chance.  They’re in our lives now, but if we blow it, they’ll be gone.  Whether as individuals, entire species, or even ecosystems, once these treasured elder relatives are gone, they’re gone for good.  Consequently, an important human connection will be severed – severed far worse, and for much longer, than any phone line in the Sierras.

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This essay by Tina R. Fields was first published in

Courting the Wild: Love Affairs with Reptiles and Amphibians

ed. Jamie K. Reaser, Hiraeth Press, 2009, pp. 67-74.

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